Edison ofreció uno de sus primeros inventos a una compañía de Nueva York: el prototipo de un telégrafo especial. Pasó mucho tiempo pensando si debía pedir tres o cuatro mil dólares por la patente. Cuando finalmente pudo reunirse con el director, de repente, perdió todo su valor y simplemente tartamudeó:
-¿Cuánto me ofrece por el invento?
-¿Le parece bien cincuenta mil dólares? -le preguntó el director, mirándolo con calma.
A partir de ese día, Edison decidió convertirse en inventor profesional.