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Los Reporteros analiza los efectos del cambio climático en Andalucía

El verano que acaba de terminar ha sido el más caluroso de los últimos sesenta años.

Y lo hemos afrontado con unas escasas reservas hídricas.

En Los Reporteros analizamos la situación y escuchamos las voces que piden una mejor gestión del agua.

CANAL SUR MEDIA 25 September 2022

Nos llega un aviso de Naciones Unidas: "el mundo está en peligro", y no solo por la guerra sino también por un cambio climático que provoca hambre y desigualdad. La sequía es una de sus consecuencias y en Andalucía lo sabemos bien. Nuestros embalses están en mínimos históricos y reservas como Doñana están al límite, como hemos comprobado en Los Reporteros. Hay quien dice que la principal revolución del siglo XXI será cambiar nuestra relación con el planeta: porque la supervivencia pasa por ahorrar más y consumir mejor. 

El verano que acaba de terminar ha sido el más caluroso de los últimos sesenta años. Pero si este titular, mil veces repetido, ya no les resulta novedoso, aguarden a la siguiente noticia: los expertos en cambio climático advierten que si no contenemos el calentamiento global puede que este verano tan sofocante se recuerde algún día como uno de los mas templados del siglo XXI.

La primavera fue extrañamente cálida, pero lo peor estaba por llegar: tres olas de calor casi consecutivas y de una dureza inusitada. La primera llegó antes incluso de que el verano diera comienzo oficialmente: duró siete días, y se extendió por 39 provincias españolas que padecieron una elevación térmica de tres grados de media. 

La segunda ola, la más intensa de las tres, no tardaría en llegar: comenzó el nueve de julio y afectó a 43 provincias durante 18 días seguidos en los que la media de las temperaturas se incremento en casi cinco grados. 

Sin apena respiro, llegó la tercera: 17 días de calor extremo en 27 provincias con un ascenso medio de casi cuatro grados centígrados. 

Todos los factores meteorológicos que podrían darse, se dieron, a la vez y sin descanso: una acusada insolación, sin apenas nubosidad ni viento y la entrada recurrente de masas de aire caliente desde el continente africano dispararon las temperaturas más allá de cualquier registro conocido. Y habrá que acostumbrarse, nos dice Juan del Pino, portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología. A su juicio, los datos son consonantes con el cambio climático.

El calor se une a ciclo de sequía que dura ya nueve años. Andalucía ha comenzado el año hidrológico con los pantanos al 25 por ciento de su capacidad, lo que supone que el agua total embalsada es hoy la mitad de la que teníamos hace una década. La escasez amenaza a la agricultura y el consumo urbano, a la la industria y al turismo, pero no solo eso. Uno los mayores humedales de Europa, reserva e la biosfera y patrimonio de la Humanidad, se enfrenta a un futuro complicado.

Doñana, un territorio especialmente sensible a los efectos del cambio climático y siempre amenazado por la presión turística y la sobreexplotación agrícola. Pero para comprender la magnitud del problema, hoy conocerán con Los Reporteros el estado de la Laguna de Santa Olalla, otrora un paisaje acuático excepcional ahora convertido en un simple charco.

El primer tramo de nuestro trayecto discurre al borde mismo del océano. El día se presenta algo borrascoso y el litoral nos recibe con una ligera llovizna, tan débil como pasajera. La realidad es que Doñana atraviesa por el periodo más seco que se recuerda y cuyos efectos comprobaremos muy pronto.

Al otro lado de las dunas que nos separan del atlántico, el verdor de los pinos y la brisa fresca que sobrevuela el Guadalquivir contrastan con la sequedad del territorio en el que poco a poco nos adentramos. La mitad de la superficie total del Parque Nacional de Doñana son marismas -terrenos inundables, por tanto- pero de las treinta mil hectáreas que ocupan las marismas, este año solo se ha inundado el cinco por ciento. Cuando los satélites revelaron que la última laguna permanente de Doñana se había secado, esta imagen dio la vuelta al mundo hasta convertirse en un símbolo de los estragos del cambio climático.

Y no es para menos. Cuando llegamos, el impacto que produce la laguna es mayúsculo. En condiciones normales, nos dice Miguel Ángel Bravo, Técnico de la Reserva Biológica de Doñana, esta laguna ocuparía más de doscientas hectáreas - para que se hagan una idea, la misma superficie que tenía la Expo del 92, por ejemplo. Hoy, sin embargo, Santa Olalla es un charco de 150 metros cuadrados. El resto es solo limo y barro seco en el que una manada de ciervos acaba de encontrar un inesperado sendero.

Es verdad que no es la primera vez que algo así ocurre. La laguna de Santa Olalla se secó en 1983 y volvió a quedarse sin agua ocho años tarde, en 1995. En ambos casos, la desecación coincidió con dos periodos intenso de sequía.

De hecho, a estas alturas del año, todas las lagunas temporales de Doñana se han secado. Estos ecosistemas, indispensables para el equilibrio medioambiental, se ubican en terrenos arenosos, muy permeables, con poca capacidad para retener el agua. De ahí que su supervivencia no dependa solo de la lluvia, sino del buen estado del acuífero sobre el que las lagunas se asientan. Y el acuífero de Doñana está sobreexplotado. Y al límite.

No solo sequía. El agotamiento del acuífero de Doñana se debe también a las extracciones de aguas subterráneas para el abastecimiento doméstico, riego de jardines y llenado de piscinas de la urbanización de Matalascañas, a solo cuatro kilómetros de la laguna de Santa Olalla. Este popular enclave turístico, en el que apenas viven tres mil vecinos a lo largo del año, alcanza los 160.000 habitantes en los meses de verano.

La expansión de los cultivos de regadío en el entorno de Doñana y la proliferación de pozos ilegales dentro incluso del propio parque, constituyen la segunda y más grave amenaza, hasta el punto de que la Comisión Europea ha condenado a España por no ponerle remedio.

Estamos a punto de marcharnos, y nuestra partida coincide con la llegada de un pequeño rebaño de flamencos que parece haber encontrado alimento en el ultimo resquicio de agua de la laguna. Ya ven, a pesar de la adversidad, la naturaleza intenta abrirse paso. En otros ámbitos, también el ser humano se enfrenta a un futuro incierto.

A trecientos kilómetros de Doñana, un racimo de casas blancas encuentra a sus pies cada vez menos agua en la que reflejarse. En esta serranía andaluza, a caballo entre las provincias de Málaga y Granada, hace ya dos años que no llueve.

Un pantalán varado sobre el cauce seco de lo que un día fue el brazo navegable de este pantano, el de La Viñuela, en la Axarquía malagueña, es la desoladora imagen que ha dejado a su paso este largo e inquietante periodo de sequía. Pero lo que ven no es solo un descalabro paisajístico. La vida cotidiana de toda una comarca está en riesgo.

Quince pueblos de la Axarquía, amén de decenas de caseríos aislados y varias pedanías, dependen de este pantano, el mayor de la provincia. Ocupa 560 hectáreas, pero hoy está al diez por ciento de su capacidad. Los tiempos de abundancia son ya historia y forman parte de una foto fija que el alcalde de La Viñuela contempla con más preocupación que nostalgia.

En La Viñuela viven dos mil vecinos, casi la mitad de ellos extranjeros. En verano, este apacible pueblo se llena de turistas y duplica su población. Un hotel de cuatro estrellas y decenas de casas rurales cuelgan el cartel de completo y el consumo de agua se dispara, justo cuando los cultivos de aguacate que abundan en la zona más riego necesitan.

Y esa es la paradoja que encierra el producto interior bruto andaluz: los sectores que más y mejor alimentan nuestra economía, turismo y agricultura, son los que más sed provocan. ¿Habrá pues restricciones al consumo? Las confederaciones hidrográficas y las principales empresas municipales de agua evitan hablar en esos términos. Aún hay tiempo, nos dicen, pero solo si hacemos un uso sensato y razonable de los recursos.

Es el nuevo paradigma que promueve Leandro del Moral, Catedrático de geografía Humana e impulsor de la Fundación Nueva cultura del Agua. La sequía es el núcleo del problema, asegura, pero es la gestión responsable de la escasez, que la sequía provoca, lo que exige una cambio radical en el uso de los recursos hídricos, especialmente en la agricultura, que consume el 80 por ciento del agua total disponible.

Un problema cuya solución ya no consiste solo en acometer grandes obras hidráulicas. El concepto acuñado en los años cincuenta del pasado siglo, según el cual, cuantos más embalses se construyan, más agua almacenaremos, es una idea superada.

Siempre, claro, que los acuíferos no se esquilmen. El agotamiento de las aguas subterráneas es lo que ha convertido a la ultima laguna permanente de Doñana en un barrizal. Y aunque no haya demasiado margen para el optimismo, nada es irreversible, todavía.

Quien sabe. Lo único cierto es que hará falta mucho mas que lloviznas y chubascos para romper el ciclo de sequía en la que estamos atrapados desde hace casi diez años.

Veremos que nos depara el otoño. Mientras tanto, seamos prudentes. Pase lo que pase, llueva mucho o poco, el agua seguirá siendo un bien escaso.

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