Con motivo del 8M, en Los Reporteros destacamos los logros de mujeres con discapacidad para alcanzar la plena inclusión.
Son deportistas, profesoras o escritoras que luchan contra la desigualdad.
En Los Reporteros destacamos los logros de mujeres con discapacidad para alcanzar la plena inclusión. Hemos hablado, entre otras, con una yudoca tricampeona paralímpica, con una mujer en silla de ruedas que consiguió su mayor deseo, ser madre, y con una profesora de Filosofía, con discapacidad mental, que ha publicado 7 libros y ha sido finalista del Premio Nacional de Poesía.
“Soy Carmen Herrera, tengo una discapacidad visual grave, pero eso no me ha impedido conseguir tres medallas de oro en tres Juegos Paralímpicos consecutivos”. Con esa carta de presentación, la judoca paralímpica resume una trayectoria marcada por el esfuerzo y la superación.
Como ella, muchas personas con discapacidad han tenido que abrirse camino en una sociedad que durante décadas las miró desde la lástima o la exclusión. Hoy reivindican su derecho a ser visibles, a decidir sobre sus vidas y a aportar su talento.
Sara María Revuelta, técnica de desarrollo social y maestra de Educación Especial, dedica su trabajo a apoyar a otras personas con discapacidad. “Tengo discapacidad y lo que hago aquí es ayudar a más de 130 personas con discapacidad a que su vida sea más feliz y estén motivados día a día”, explica.
La profesora de Filosofía Eva Vaz también ha convertido su experiencia personal en motor creativo. “Tengo una discapacidad mental, pero eso no me ha impedido poder escribir siete libros, haber quedado finalista del Premio Nacional de Poesía y además estoy escribiendo el octavo”, afirma.
Para Isabel Álvaro, vendedora de la ONCE, el logro más importante no aparece en ningún currículo. “A los dos años contraje la polio y el mayor logro de mi vida ha sido ser madre”, resume.
Durante décadas, la discapacidad fue tratada desde la marginación o el silencio. La presidenta del CERMI Andalucía, Marta Castillo, recuerda cómo se percibía socialmente: “Era como una humillación de las familias”.
Isabel del Hoyo, directora del Centro de Día Autismo Cádiz, explica que ese estigma se traducía incluso en vergüenza social: “Hasta un poco de vergüenza”.
Muchas personas fueron recluidas en instituciones bajo la idea de que era lo mejor para ellas. “Todo estaba desde la perspectiva de lo mejor para ellos, que no sufrieran, que estuvieran más recogidos que en otros entornos. No tenían nada de bueno. Incluso había muchos casos donde quienes en teoría protegían a esas personas abusaban o maltrataban”, señala del Hoyo. Y añade: “Se habla mucho de bullying, pero donde primero hubo bullying fue en las personas con discapacidad”.
La falta de tutela sobre sus propias vidas era habitual. “Las personas con discapacidad no éramos consideradas capacitadas para decidir sobre nosotros. Siempre había alguien que podía decidir”, afirma Marta Castillo.
En algunos casos, las vulneraciones de derechos eran extremas. Isabel del Hoyo recuerda prácticas médicas que hoy resultarían inconcebibles: “Mujeres que entraban en un hospital, las operaban y les quitaban todo su aparato reproductor y nadie les había preguntado si querían no tener hijos”.
El cambio comenzó cuando las propias personas con discapacidad y sus familias empezaron a movilizarse. “Los defensores que se tiraron a la calle y pasaron de tener a sus hijos ocultos fueron las familias. Y luego las personas con discapacidad física. Eran dos batallas que confluyeron porque todos tenían la misma situación de discriminación”, explica Isabel del Hoyo.
La organización colectiva fue clave. “Las asociaciones que se generan gracias a la movilización de las personas son las que han transformado la forma de vivir y los derechos de las personas con discapacidad”, añade.
Marta Castillo recuerda hasta qué punto la exclusión estaba normalizada: “Nuestras familias tenían permisos para no escolarizarnos. Como tenía una discapacidad, ¿para qué se va a escolarizar?”.
Un momento decisivo llegó en 2006 con la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de Naciones Unidas. Para Isabel del Hoyo fue “un momento importantísimo”, porque supuso reconocer a nivel mundial “que las personas con discapacidad tienen una situación estructural de marginación”.
La periodista Vicky Bendito subraya otro concepto fundamental: la accesibilidad. “Es fundamental, es la base. Sin accesibilidad no se nos ve, no podemos participar en la sociedad, no podemos estudiar, no podemos trabajar, no podemos tener una vida autónoma”.
En España, uno de los avances más simbólicos llegó en febrero de 2024, cuando se reformó la Constitución para eliminar el término “disminuidos”.
Vicky Bendito fue una de las impulsoras de ese cambio tras impulsar una iniciativa ciudadana. “Me llamaron para comparecer en el Congreso”, recuerda. Allí expuso que el lenguaje constitucional ya no reflejaba la realidad: “Si firmas la convención que habla de personas con discapacidad, actualiza tu carta magna, actualiza tu legislación”. La reforma fue finalmente aprobada por el Parlamento, cerrando una reivindicación histórica del movimiento asociativo.
Para Carmen Herrera, el judo fue una escuela de vida. “Me ha enseñado sobre todo a conocerme a mí misma. ¿Y quién soy yo? Sobre todo mujer, sobre todo una persona que vale la pena”, explica.
En el colegio descubrió que había cosas que no podía hacer, pero también otras en las que podía destacar. “Encontré un deporte en el que la vista no era tan importante”, señala. Tras competir durante años sin grandes victorias, llegó su oportunidad en los Juegos de Atenas 2004. “Había perdido los suficientes combates como para estar lista para la victoria”.
Isabel Álvaro también ha tenido que enfrentarse a numerosos obstáculos desde la infancia. “En el transcurso de que me tenía que poner la vacuna y no, hubo una epidemia en Almería. Se infectaron un montón de niños, incluida yo”, recuerda sobre la polio que marcó su vida.
Con el tiempo terminó utilizando silla de ruedas, pero asegura que el apoyo familiar fue decisivo. “Si yo decía que no podía, ellos me decían: sí puedes. Gracias a eso he llegado a ser lo que soy”.
Hoy es vendedora de la ONCE y entrenadora de rugby adaptado. Y, por encima de todo, madre. “La palabra rendirme no está en mi diccionario”, afirma.
Eva Vaz ha vivido otro tipo de estigma: el asociado a la enfermedad mental. “Siempre hemos sido unos locos y yo de loca tengo poco, soy bastante sensata”, dice con ironía.
Ha escrito sobre su experiencia desde los 25 años y defiende que las personas con problemas de salud mental pueden desarrollar su trabajo con normalidad. “Como trabajadores somos igual de seguros que cualquier otro”.
A Sara María Revuelta la vida también le obligó a cambiar de rumbo. El dolor crónico transformó su carrera profesional. “Pasé de trabajar 14 horas al día a no poder trabajar más de dos”, explica.
Tras formarse como profesora de Educación Especial encontró una nueva vocación en una lavandería industrial donde el 70 % de la plantilla tiene discapacidad. “Lo que más me llena es ver cómo cada persona, con sus limitaciones, puede lograr tener una vida totalmente normal”.
Para ella, el empleo es clave para la autonomía personal. “Gracias a esto pueden tener un trabajo, una casa, una familia. Podemos seguir nuestra vida y ser felices”.
Las historias de estas personas reflejan el largo camino recorrido: de la invisibilidad al reconocimiento de derechos.
Pero también recuerdan que la igualdad plena aún requiere esfuerzo colectivo. Porque, como defienden quienes han protagonizado esa transformación, ser diferente no debería ser motivo de exclusión, sino de respeto.