Se cumplen 500 años de ese acontecimiento histórico que analizamos en "Los Reporteros" con expertos. Fue un acontecimiento histórico que dejó huella en nuestra tierra.
Esta semana se cumplen 500 años de un acontecimiento que situó a Andalucía en el núcleo del poder imperial del siglo XVI: la boda del rey Carlos I de España con Isabel de Portugal el 11 de marzo de 1526. Tras el enlace celebrado en el Real Alcázar de Sevilla, los emperadores se trasladaron con toda su corte a Granada donde permanecieron varios meses. Comenzó una etapa crucial que tuvo importantes repercusiones para nuestra tierra y que analizamos en "Los Reporteros" con expertos de las universidades de Sevilla y de Granada.
Sevilla y Granada conmemoran estos días uno de los episodios más significativos del siglo XVI en España y Europa: el matrimonio entre el emperador Carlos V e Isabel de Portugal, celebrado el 11 de marzo de 1526 en el Real Alcázar sevillano. Aquel enlace situó durante meses a ambas ciudades en el centro del poder imperial y tuvo una profunda repercusión política, económica y cultural en el continente.
En aquel momento, Sevilla era el gran centro económico del mundo occidental gracias a su condición de puerto de las Indias. Por la ciudad entraban los productos más exóticos del Nuevo Mundo y su riqueza atraía a comerciantes, artistas y diplomáticos de toda Europa. Ese contexto convirtió a la capital andaluza en el escenario ideal para una boda imperial que, durante un tiempo, la transformó también en capital política del imperio.
El historiador Alfredo Morales destaca la magnitud del acontecimiento. “Fue un acontecimiento histórico importantísimo en la historia de la ciudad porque matrimonios había habido de personajes nobles, de reyes, pero de dos emperadores nunca se había producido”, explica.
La elección de Sevilla marcaría un antes y un después para la ciudad. Según la arquitecta y catedrática de Restauración Lola Robador, “la elección de Sevilla para la boda imperial de Carlos V con la inteligente y bellísima Isabel de Portugal va a transformar la ciudad. Vamos a pasar de una ciudad medieval a una ciudad moderna”.
La llegada de los futuros esposos se convirtió en una gran ceremonia pública. La emperatriz entró en Sevilla el 3 de marzo de 1526 y el emperador lo hizo una semana después, tras retrasarse por negociaciones con el rey de Francia, Francisco I de Francia. La ciudad preparó una compleja escenografía urbana para recibirlos. “Se habían levantado una serie de arcos triunfales para recibir a los emperadores y, como llegaron en fechas distintas, hubo que repetir la celebración en dos ocasiones”, relata Morales.
El recorrido ceremonial atravesaba distintos puntos de la ciudad, cada uno con su arco simbólico dedicado a una virtud: la prudencia en la Macarena, la fortaleza ante la iglesia de Santa Marina, la clemencia en San Marcos, la paz junto a Santa Catalina, la justicia en la Alfalfa y la gloria en las gradas de la catedral.
Sin embargo, la boda se celebró antes de lo previsto y con gran discreción en el Real Alcázar. Los cronistas atribuyeron el cambio de planes a diversos motivos, entre ellos el luto por la muerte de una hermana del emperador. Morales apunta otra razón más personal: “Los cronistas insisten en que en el momento en que el emperador vio a la emperatriz quedó prendado de ella y por eso quizás su interés en celebrar el matrimonio lo antes posible, sin esperar al día siguiente. Se hizo casi de tapadillo por la noche”.
La presencia de la corte imperial durante tres meses transformó la vida de la ciudad. Embajadores, nobles, filósofos y artistas acompañaban al séquito y contribuyeron a impulsar el desarrollo cultural y económico de Sevilla. El propio Morales subraya el trasfondo político del enlace: “El matrimonio fue un acuerdo que tuvo intereses políticos y económicos. Era la unión de los reinos peninsulares, pero sobre todo una forma de crear una unidad frente al poder que Francia e Inglaterra querían conseguir”.
La pujanza económica sevillana atrajo también a creadores de distintos países europeos. “Artistas flamencos, franceses e italianos llegan a la ciudad y transforman el gusto estético de los sevillanos. Sin abandonar totalmente la tradición mudéjar ni el gótico, es el Renacimiento el que termina triunfando en la segunda mitad del siglo XVI”, señala el historiador.
Ese cambio cultural estuvo acompañado por importantes transformaciones urbanas. Robador recuerda que el gobierno municipal, ejercido por los llamados Caballeros Veinticuatro, estaba formado por élites cultas influidas por el humanismo cristiano. “Eran hombres muy cultos, grandes letrados, personas muy honradas. Ese humanismo contribuyó a aportar valores de buen hacer y buen trabajo a la sociedad”.
Entre las obras impulsadas en aquel momento destaca la construcción del actual Ayuntamiento de Sevilla, concebido como un gran símbolo del poder municipal y de la justicia. “Vamos a tener el primer edificio renacentista completo de Sevilla, que incorpora todo el lenguaje clásico del Renacimiento tanto en su interior como en su fachada, con un programa simbólico que exalta la figura del emperador y la historia mítica de la ciudad”, explica Robador.
Tras la estancia sevillana, la corte imperial se trasladó a Granada. Los emperadores llegaron el 4 de junio de 1526 por la Puerta de Elvira y se instalaron en la Alhambra, acompañados por un séquito de unas cuatro mil personas. La emperatriz, embarazada del futuro rey Felipe II, permanecería allí incluso más tiempo que su esposo.
El historiador Juan Antonio Vilar recuerda que Granada ya era conocida en Europa desde la conquista cristiana de 1492, pero recuperó protagonismo con la presencia del emperador. “Granada tuvo una cierta importancia en 1492, cuando se reconquista, pero a partir de la estancia del emperador vuelve a ser conocida en el mundo al convertirse en la ciudad donde tomó decisiones durante seis meses”.
La ciudad causó una fuerte impresión en la corte. Francisco Sánchez-Montes subraya el impacto cultural de aquel encuentro entre mundos distintos. “Hay que pensar en una chica de 23 años que llega a una ciudad con un pasado musulmán muy visible. Cuando entran son recibidos por los moriscos con danzas y con la algarabía que rasga el aire. Ese mundo tan diverso muy pronto les seduce”.
No obstante, la estancia en la Alhambra resultó incómoda para la emperatriz por la estrechez de las dependencias. “El mayor problema fue lo pequeñas que eran estas habitaciones para la majestad imperial”, explica Vilar. Tras un mes, y después de varios terremotos, Isabel se trasladó al cercano monasterio de San Jerónimo, donde continuó su embarazo mientras el emperador se desplazaba constantemente entre ambos lugares para atender los asuntos de gobierno.
Sánchez-Montes recuerda la relevancia de ese periodo para la figura política de la emperatriz. “El propio emperador decía que era la gran ayudadora en el gobierno. Fue gobernadora de las Españas en ausencia de Carlos V, trató asuntos de Estado y se reunió con el Consejo de Castilla. No se conformaba con un papel meramente ceremonial”.
Durante esos meses Granada experimentó también un impulso urbano y cultural. “Van a dejar multitud de fundaciones y nuevos edificios que darán vida a la ciudad”, explica Vilar. Entre ellos destaca el palacio imperial junto a la Alhambra, conocido hoy como Palacio de Carlos V, una de las grandes obras del Renacimiento español.
Para Sánchez-Montes, aquella etapa dejó una huella permanente. “Granada tiene que recordar su pasado, que es multifacético: musulmán, cristiano, barroco, pero también renacentista. Es una oportunidad fantástica para reivindicar una Granada que es capital de cultura”.
Cinco siglos después, exposiciones, congresos y recreaciones históricas en Sevilla y Granada evocan aquel matrimonio que no solo unió a dos personas, sino que consolidó una alianza política decisiva para la monarquía hispánica. Un episodio que, con el nacimiento posterior de Felipe II, se integraría en la construcción de uno de los mayores imperios de la historia.