Estas dos localidades de Málaga han encontrado fórmulas que les permiten ganar población. Aunque se quejan de la falta de servicios y comunicaciones.
Los conocemos mejor en Los Reporteros.
En algunos municipios andaluces, la búsqueda de soluciones para frenar la despoblación se ha convertido en una cuestión de supervivencia. En la provincia de Málaga, pueblos como Genalguacil y Parauta, enclavados en el Valle del Genal, se han erigido en ejemplo de iniciativas pioneras frente al reto demográfico.
Andalucía es la comunidad más poblada de España, pero más de la mitad de sus habitantes se concentran en una treintena de ciudades. Frente a ese dinamismo urbano, el 80% del territorio, de carácter rural, pierde población de forma lenta pero constante. En Málaga, el contraste es evidente: a escasos kilómetros de la Costa del Sol, densamente habitada, sobreviven comarcas como el Valle del Genal, donde quince municipios no alcanzan juntos la población de una localidad costera como Benalmádena. En sus 485 kilómetros cuadrados viven poco más de 7.000 personas.
Genalguacil, en la serranía de Ronda, ejemplifica las dificultades de estos territorios. Su acceso es complejo y depende de una única carretera. “Esta es la única carretera de la provincia y de toda Andalucía donde los autobuses no pueden pasar”, explica Miguel Ángel Herrera, alcalde de Genalguacil. “Hay apenas 32 kilómetros a la Costa del Sol y es una hora de camino (…) muchas veces se convierte en un montón de obstáculos porque se caen árboles o no hay conservación”.
Los temporales de lluvia agravan el aislamiento. “Genalguacil es el pueblo más incomunicado de toda Andalucía”, asegura el regidor. “Para recorrer 16 kilómetros con una ambulancia tardamos media hora (…) eso en salud puede significar que te cueste una vida. El desarrollo pasa por tener buenas comunicaciones”.
A comienzos del siglo XX, el municipio superaba los 1.500 habitantes; hoy no llega a 500. Como en muchas zonas rurales, el éxodo comenzó en los años 60. “La juventud se ha ido buscando trabajo por ahí y se han ido quedando”, recuerda Antonia Moreno, vecina del pueblo. María Morales también emigró: “Estuve hasta los 17 años en el campo y luego me fui a Francia (…) volví porque eran nuestras raíces”.
En los últimos años, nuevos vecinos han llegado atraídos por un modelo singular basado en la cultura. Es el caso de la artista textil Marie-Isabelle Poirier, que se instaló en el municipio hace cuatro años. “Siempre me ha gustado intercambiar mis saberes (…) es una manera de integrarte en la comunidad y aportar algo al pueblo”, afirma. Desde Genalguacil desarrolla su carrera internacional: “Voy a París (…) he trabajado con Loewe (…) ahora estoy haciendo un trabajo para un cliente en Arabia Saudí”.
El municipio se ha convertido en un referente cultural gracias a los Encuentros de Arte que organiza desde 1994. “Genalguacil es uno de los referentes culturales (…) de la innovación rural”, sostiene Herrera. “Más de 300 artistas han pasado por el pueblo”. El proyecto ha transformado sus calles en un museo habitado y ha contribuido a frenar la pérdida de población. “Estábamos perdiendo casi un 15 o un 20% anual (…) poder fijar la población es un gran logro”, subraya el alcalde.
Aun así, el riesgo persiste. “El hecho de que estemos sufriendo despoblamiento es un fracaso de las instituciones públicas”, denuncia Herrera. “Las inversiones tienen que llegar también a los pequeños pueblos”.
Entre los nuevos residentes está Miguel Ángel Rodríguez, pintor llegado desde Madrid. “Al principio es un poco difícil (…) los servicios son mínimos, pero te adaptas”, explica. A cambio, destaca la calidad de vida: “Uno de los motivos para venirnos fue terminar con el estrés (…) la pintura es ahora mucho más pausada”.
El municipio ha impulsado también un laboratorio de innovación rural para conectar iniciativas y buscar soluciones. “Intentamos mantener vivas las tradiciones, pero también buscar soluciones modernas”, señala Raluca Harabagiu, vecina y creadora de contenidos. “Aún pensamos que la gente que se queda en los pueblos es un fracaso, y eso no es verdad”.
De los 785 municipios andaluces, 470 están en riesgo de despoblación, aunque solo 73 presentan un nivel alto de alerta. La Junta de Andalucía ha puesto en marcha una estrategia específica y una plataforma digital para atraer nuevos residentes. “Queremos que la gente viva en el pueblo”, afirma M.ª Luisa Ceballos, secretaria general de Administración Local. “Si no, estamos haciendo una operación turística”.
La escuela es otro pilar fundamental. En el Colegio Público Rural Alto Genal, con aulas repartidas en varios municipios, se intenta garantizar la educación en zonas dispersas. “Si el colegio desaparece, el pueblo desaparece”, advierte su director, José Antonio Sánchez. En Parauta, el número de alumnos ha crecido: “Comenzamos con 14 y ahora tenemos 23”.
Este municipio vive un leve repunte demográfico. “Hemos pasado de 209 habitantes en 2019 a 333 ahora”, destaca su alcaldesa, Katrin Ortega. La cercanía al Parque Nacional Sierra de las Nieves y proyectos como el Bosque Encantado han impulsado el turismo. Su creador, el escultor Diego Guerrero, explica el origen: “Es una ruta basada en una leyenda (…) para fomentar el senderismo y el contacto con la naturaleza”. El éxito ha superado las expectativas: “Han venido más de 150.000 personas en tres años (…) ni en mis mejores sueños”.
El impacto se deja sentir en la economía local. “Yo no cambio mi pueblo por una ciudad”, afirma Maite Blanco, responsable de un restaurante familiar. Sin embargo, reconoce que el empleo sigue siendo clave: “Si hubiera más trabajo, la juventud no se iba”.
Algunos jóvenes han optado por regresar. Es el caso de Alba Cortés, que volvió tras estudiar fuera. “Aunque tengas el trabajo fuera, siempre está la opción de desplazarte”, explica. El menor coste de la vivienda ha sido determinante: “Con 34 años tengo mi casa pagada”.
La llegada de nuevos vecinos también revitaliza la vida social. “Parauta te elige a ti”, dice Laura González, vecina llegada desde Venezuela. “Es un pueblo que me ha acogido desde el momento uno”.
El acceso a la vivienda sigue siendo uno de los principales retos. “Muchas casas tienen carga emocional y no se venden”, señala la alcaldesa. “Nos encantaría poder construir más viviendas”.
Pese a las dificultades, cada nuevo habitante supone un impulso. “Las ventajas son muchas para criar a los niños”, afirma Maica Vallejo, recién llegada con su familia. Emprendimientos como el de Natasha Milincic, que abrió una tienda tras mudarse desde Marbella, reflejan nuevas oportunidades: “Aquí es muchísimo más barato”.
En estos pueblos, cada decisión cotidiana se convierte en una forma de resistencia. Una lucha silenciosa contra el abandono en la que la voluntad, más que los recursos, marca la diferencia.