LA HISTORIA DEL "BATALLÓN DEPORTIVO"

"Se acabó el pan frito"

 

13 June 2020

Manuel Ladrón de Guevara


Una historia de 
Manuel Ladrón de Guevara

 

 

La obligación principal de un soldado en una guerra no es ganarla, sino salvar la vida. Cuando se trata de una Guerra Civil, la simulación y el engaño son tan importantes como los fusiles para defender la causa por la que se lucha, sea esta la que fuere. En el verano de 1936 en la España republicana desaparecieron los sombreros, y el mono de miliciano se convirtió en el traje de moda y también en el disfraz que muchos utilizaron para que no se les notara el pedigrí. En aquel Madrid asediado por los moros de Franco se formaron multitud de milicias sectoriales; una de ellas fue el “Batallón Deportivo”, bautizado con gracia castiza por los madrileños como los “soldaditos de plomo”.

Cartel

Tras el golpe de estado del 18 de julio, un grupo de milicianos entre los que estaba el exárbitro de Primera División Tomás Balaguer García, se incautaron de los locales de la Federación Española de Fútbol y de los fondos de la misma. Nació entonces la idea de crear una “milicia que sin depender directamente de ningún partido defenderá la causa de la República del Frente Popular”. La recluta se dirigió “a todas las sociedades deportivas, especialmente a las futbolísticas”, y contó con la presencia de jugadores del Madrid CF, como Félix Quesada y el exbético Simón Lecue, del Athletic de Madrid, del Valladolid, y de otros clubes menores. Hubo también boxeadores, atletas, ciclistas, algún torero, como el hermano de Gitanillo de Triana, y hasta un artista de variedades, Waldo Moll, que años más tarde se haría famoso en los EEUU, donde compartió con Jerry Louis, Deam Martín, Sammy Davis Jr. y otras celebridades días de gloria en la televisión americana, “el hombre de trapo”  le llamaban.

A muchos deportistas los llevó hasta el Batallón su compromiso político y su celo demócrata y republicano; otros encontraron allí un refugio y el aval con el que escapar de los pistoleros anarquistas y comunistas. Para no correr la misma suerte de Ricardo Zamora, encarcelado en los primeros días de la guerra, de Santiago Bernabéu, que tuvo que esconderse antes de huir a la zona nacional, o la terrible del exjugador del Athletic y del Real Madrid, una celebridad en su época, Monchín Triana, que acabó sus días asesinado en Pacuellos del Jarama.

Se instaló el Batallón en la que fuera sede del Madrid CF en el Paseo de Recoletos, y el viejo estadio de Chamartín, también incautado, sirvió como campo de ejercicios y prácticas militares. Durante la Guerra Civil el Madrid CF tuvo como presidente a un teniente de carabineros militante del Partido Comunista, Antonio Ortega, que en 1939 acabaría su tiempo ejecutado por garrote vil en Alicante. La primera compañía del Batallón llevó el Nombre de “Josep Suñol”, en memoria del presidente del FC Barcelona y diputado de Esquerra Republicana asesinado por los fascistas en el Alto del León en los primeros días de la guerra; la segunda se llamó Valencia”, y la tercera “Alcántara”, como homenaje a Julián Alcántara, jugador del Deportivo Nacional caído en el frente de batalla.

Porque el Batallón Deportivo, además de desfilar –fue en uno esos desfiles donde les bautizaron como “los soldaditos de plomo”– y de jugar partidos benéficos, dejó un terrible tributo de sangre en la defensa de Madrid. Estuvo presente en las batallas de Usera y Navalcarnero, y combatió también en el Puente de los Franceses, donde perdieron la vida casi el cuarenta por ciento de sus integrantes.BATALLÓN

Tuvo el batallón como cocinero a un boxeador cubano, Cheo Morejón, que había llegado a España tras los pasos de Kid Tunero en 1932. Nacido en Camagüey George Morejón era un peso Welter discreto, un habitual telonero. Encontramos su nombre en el cartel de la velada celebrada en el Estadio de Monjuit, en Barcelona, en mayo de de 1934, que tuvo como combate estelar el enfrentamiento entre Paulino Uzcudun y Max Schmeling. Nuestra guerra le cogió con el paso cambiado y salvó la situación como pudo. A Heliodoro Ruiz, inspector de Deportes del Ejército del Centro, al que le gustaba mucho el pan frito, Cheo le freía siempre unos pedazos cuando lo veía llegar. Un día a Cheo Morejón le pegaron un tiro en el frente de batalla, y viéndose morir, al recibir la visita de Heliodoro Ruiz le dijo “se acabó el pan frito”. Pero no se acabó, porque el cubano se recuperó y siguió subiéndose a los rings de boxeo durante muchos años todavía.

Heliodoro Ruiz Arias sufrió depuración y cárcel al finalizar la guerra. Hombre preparado y honesto, había sido profesor de gimnasia de José Antonio Primo de Rivera, y lo sería más tarde del entonces Príncipe de España Juan Carlos de Borbón. Cuenta su hijo, llamado también Heliodoro como él, que viéndose morir sus últimas palabras, recordando aquel tiempo remoto en que el espanto se migaba cada mañana en el café fueron “se acabó el pan frito”.

 

 

 

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