Jesús Vigorra da su particular punto de vista sobre los temas de actualidad en La mañana de Andalucía.
Con ocasión de la entrega del Premio Nobel a José Saramago, cuyo origen era muy humilde y anduvo descalzo en su infancia -lo contó él mismo en sus pequeñas memorias- le pregunté si él hubiera sido lo que había llegado a ser de haber nacido en otro ambiente, tal vez más acomodado. Respondió que eso era imposible pues el hambre, la curiosidad por el conocimiento y el deseo de progresar le hizo levantarse del suelo sobre esas condiciones de vida donde había caído. Así entendí siempre el valor del esfuerzo, de lo contrario, muchas personas no hubieran podido estudiar, pues si no se lograba la beca dejándose los codos ya estaban licenciados.
En cambio, ahora el ministro de Universidades, Manuel Castells, otorgará las becas no por méritos académicos, si no por mínima renta con un raspado aprobado. Ya me dirán dónde va ese cinquillo cuando para entrar en cualquier carrera se exige de un 8 para arriba. ¿Y dónde queda el esfuerzo personal, la voluntad y el trabajo? Claro que este mismo ministro fue quien dijo hace unos días, ante el riesgo de evaluar a los alumnos por exámenes online, que copiar era de inteligentes. Hagamos un símil: si un estudiante de medicina consigue por sus parasitarias habilidades sacar adelante la carrera y conseguir el título, cuando le llegue un paciente con el covid19, ¿de qué le servirá el titulillo si le diagnostica un sarampión? O el arquitecto que fingiendo y copiando obtuviera el Grado en lugar de estudiar dibujo, matemáticas y resistencia de materiales, ¿qué edificio será capaz de poner en pie que no se le venga abajo?
Ni las becas de estudios ayudarán a quien no se las gana ni los dineros llueven como el maná. Siempre valorará más un estudiante la ayuda que recibe, bien de sus padres, bien del Estado, o de los trabajos que pueda realizar, cuando sepa apreciar lo que cuesta abrirse paso en los estudios y en la vida. A estas alturas, está más que demostrado que el todo gratis no sirve para nada, ni se aprecia, ni se valora, ni se agradece. Pobre puede ser cualquiera, depende de dónde caiga al nacer. Eso no tiene ningún mérito. Lo importante es encontrar a alguien con voluntad como para dejar de serlo y darle el empujón que se merece.