En La Mañana de Andalucía de Jesús Vigorra, Antonio García Barbeito dedica sus perversos a la localidad de Jódar (Jaén). Más de trescientos kilómetros y un empobrecido asfalto. Qué lejos estaba Jódar de todo lo que tocábamos. Pero al llegar el otoño al aljarafeño campo, Jódar se hacía cercanía en un mundo de capachos. Las almazaras abrían sus puertas para el trabajo y la aceituna llegaba, con las carnes madurando, a buscar un sacrificio de empiedro y de rudas manos para buscar el aceite, el oro que iba manando. Y para subir al trono, hechas ya masa en los cargos, la aceituna precisaba la era dura del capacho para que al ir a la prensa no se fuera derramando. Y hasta allí llegaba Jódar, costurera del esparto, gran domadura de agujas vegetales, ensartando con gran destreza los hilos. Qué duro, el viejo trabajo. Primero, ir a buscar las plantas al seco campo, y después, agua y oreo, y espera, y buscar apaño para domar las agujas vegetales del esparto. En las viejas almazaras Jódar siempre fue lo básico, su agujereada hostia, requisito necesario. Los aceites de mi tierra, todos, antes de ser caldo cruzaron el entresijo de los jodeños capachos. Jódar, entonces, qué cerca de ese preciado milagro del aceite que cruzaba una rejilla de esparto. Por Jódar, patria redonda tuve cuando era muchacho. Porque se me hacía mía al ser diaria en mis manos en el Molino de Gines bregando con los capachos. Se me hizo hermana Jódar por las venas del esparto.