Un sueño de siglo y medio tiene la voz del poeta. Pero no puede el silencio borrar del aire su huella, y su huella está en los versos que con tanto vigor suenan y tan firmes permanecen en las altas madreselvas, en los suspiros que son aire y el aire los lleva, en los besos que... no sé, qué daría si te diera. Desprendido de ser voz del amor de adolescencia, el poeta se levanta con la palabra más cierta para dejarnos la hondura que muchos aún le niegan. Voz precursora que cruza la luz, la noche, la niebla, para dejar en su canto la más asombrosa esencia de un muchacho -¡era un muchacho!- que nos trajo una voz nueva, una voz desconocida que acabó sentando escuela. Gracias a esa voz tenemos voces que serán eternas, que parecen de nosotros, de nuestra propia experiencia. Golondrinas, y un salón con un arpa cuyas cuerdas mano de nieve encendida en ángulo oscuro esperan. Ronda su joven edad un acecho de tristeza, como si ya, tan temprano, en el alma conociera todas las hondas heridas, todas las duras ausencias que los amores contrarios, como un fino puñal, dejan. Pero su voz elevó a tales cielos sus quejas, que al par que abrían heridas iban soltando belleza. Siglo y medio cumple hoy el silencio del poeta. Pero su voz sigue viva y por Bécquer nos contesta. A. García Barbeito