Perversos de las insinuaciones, por Antonio García Barbeito

No vayamos a empezar,/ por mucho que esté molesto./ Hay que tener más cintura/ y hay que aguantar en silencio,/ porque de toda la vida/ esto han tenido los puestos/ cuando estaban muy arriba/ o brillaban desde lejos./ No vayamos a empezar/ a dar avisos de miedo,/ mire usted que hace calor/ y están los pastos muy secos,/ y aquí, lo sabe de sobra,/ y más si es cosa de extremos,/ no hace falta ni una llama/ para que haya un incendio./ ¿No le gusta que le digan/ que se vaya del Gobierno?/ Ya sabe usted que yo, urnas/ a cacerolas prefiero,/ pero si poco me gustan/ los insultos y el jaleo,/ menos me gusta el estilo/ de dejar caer supuestos/ de ?que pueden ir por ti/ y por otros compañeros.?/ Ya sabe cuánto ha costado/ a veces deslizar eso./ No juegue a decir ?cuidado?,/ mire que hay locos dispuestos/ a causar una ruina,/ y no vaya a decir luego/ que usted no dijo que fueran,/ que dejó el portillo abierto./ Así que aguante su vela/ lo mismo que otros tuvieron/ que aguantarla cuando usted/ era el de insulto y jaleo./ Que aquí, cuando no se manda,/ vengan palos al Gobierno,/ y cuando se coge un cargo,/ silencio, mucho silencio./ No señale, no señale,/ ni dé pistas, que este pueblo,/ cuando se calienta, tiene/ peligro de cable suelto./ Y hay quien está deseando/ que una voz diga: ?A por ellos?,/ para ir y armar el lío/ aunque no sepa qué han hecho./ Aguante, señor Iglesias;/ haga más, sugiera menos./ No creo yo que usted quiera/ que todo acabe en incendio./