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UNA HISTORIA DE MANUEL LADRÓN DE GUEVARA

¡Mejor, así jode más!

 

4 April 2019

Manuel Ladrón de Guevara


Una historia de 
Manuel Ladrón de Guevara

 

Viktor Onopko fue un soberbio central ucraniano que llegó a Asturias a mediados de la década de los 90. Cuenta la leyenda que en una de las visitas del Dream Team al viejo Carlos Tartiere, Eugenio Prieto, antiguo boxeador devenido en presidente del Real Oviedo, le pidió opinión sobre la contratación de Onopko al tándem Tonny Bruins-Johan Cruyff. El segundo entrenador del Barça le aseguró que “es el mejor central de Europa”. Prieto, con la mosca detrás de la oreja respondió con sorna asturiana,  "... y entonces, ¿por qué no lo ficháis vosotros?". Y fue ahí cuando metió baza Johan: "Con esa pinta de encofrador, jamás  podría jugar en el Barça”. Cierta o no, la anécdota retrata a los personajes. A Eugenio Prieto, arquitecto de la ruina del Real Oviedo, y a Johan Cruyff, demiurgo de una filosofía llamada a poner el fútbol patas arriba.

El fútbol le debe mucho, muchísimo a Cruyff. Personalmente, también tengo una deuda impagable con él. Empecé a hacer retransmisiones para Canal Sur coincidiendo con la eclosión del Dream Team. A su concepto experimental y muchas veces disparatado le debo algunas de las mejores noches de mi vida profesional. Recuerdo partidos decididamente extravagantes, por no decir insensatos. Partidos resueltos como las peleas callejeras de mi niñez por aquel que pegaba más y más fuerte. Partidos  poco aptos para aficionados de corazón débil, pero de una belleza primaria como no se ha conocido otra en un campo de fútbol. 

Johan Cruyff nos legó una forma de entender el balompié que sus discípulos han elevado a la excelencia. Nos dejó asimismo un puñado de ocurrencias que se siguen celebrando por aquellos que le conocieron.  Como aquella apuesta con Stoichkov en Tenerife. El búlgaro se apostó 100.000 pesetas con su entrenador a que marcaría un gol. En el descanso el Barca ganaba 0-2, y Hristo no había marcado. Entonces Cruyff lo cambió, y mientras salía del campo despotricando, el flaco le dijo con su guasa característica: "Hristo, me debes 20.000 duros”. O como aquella otra con Romario. El brasileño estaba loco por irse a Río, al carnaval. Le pidió dos días extra a Cruyff, y éste lo retó: "Si mañana marcas dos goles, trato hecho”. El Barça jugaba contra Osasuna, y a los 37 minutos O baixiño ya había anotado dos golazos, el segundo con una genial vaselina. Se encaminó entonces al banquillo y dirigiéndose a su entrenador le pidió que lo cambiara: "es que mi avión sale en una hora, mister”. Y Cruyff cumplió su palabra. La gallina en piel.

Romario había llegado a España en el verano de 1993, procedente del PSV, a cambio de diez millones de dólares. Aquella temporada fue memorable. Marcó 30 goles, cinco "hat-trick”, cifra que solo ha sido capaz de superar Messi. Fue campeón de Liga con el Barça y campeón  del Mundo con Brasil. Aquel Mundial lo televisamos en Canal Sur, y entre los partidos que dimos figuró  un fabuloso Holanda 2 Brasil 3, probablemente el mejor partido que me he retransmitido  en mi vida. Un partido que pasó a la historia por la imagen de Romario, Bebeto y Mazinho acunando a un bebé imaginario en la celebración de alguno de los goles.

Pero si hubo un partido inolvidable de los que televisamos aquella temporada 93/94, fue el “clásico” del Camp Nou. No por el resultado, una “manita” del Barça al Madrid -la temporada siguiente, en partido que también televisamos en Canal Sur, el Madrid se la devolvió- sino por el regate imposible que Romario inventó aquella noche. Pasó a la historia como la "cola de vaca”. A Rafa Alcorta todavía le duele la cintura. 

Por aquellos años los choques entre el Atlético  de Madrid y el Barcelona se convirtieron en auténticos festivales. Y de uno de ellos vengo a hablarles ahora. Les pongo en situación: sábado por la noche, partido en abierto en Canal Sur, que por aquel entonces televisa el mejor encuentro  de cada jornada. El Atlético no aspira a gran cosa, tiene un equipo bastante mediocre, nada que ver con el de ahora. En cambio el Barça llega con el Dream Team en todo su esplendor. A Koeman, Laudrup y Stoichkov se ha unido, como comentaba más arriba, Romario. 

Aquel delantero de dibujos animados dio esa noche una clase magistral en el Manzanares. Marcó tres goles, maravillosos de ejecución, en solo 45 minutos. Al descanso nos vamos 0-3. Todo el pescado vendido, o eso parece. Pero frente al desastre inminente, el Atlético  tiene una corajuda y eficaz reacción en la segunda parte. Anota uno, dos, tres… y cuatro goles, que voltean el marcador, y le dan una tan celebrada como imprevista victoria.

Con 3-3 en el marcador, en un ataque azulgrana, Romario cae en el área. La repetición demuestra  que el penalti es bastante claro. El árbitro andaluz Antonio Jesús López Nieto no lo pita, y en el contragolpe siguiente Caminero marca para el Atlético el 4-3. Así acaba el partido. Cruyff ha vuelto a jugar a la ruleta rusa y el Atlético convierte  el contragolpe en un arte. Ya lo avisó con sabiduría el gran Luis Aragonés: "En España el mejor contragolpe lo hace el Atlético de Madrid, el mejor juego el Barcelona, y quien gana los títulos es el Real Madrid”. El mérito es mayor aún si tenemos en cuenta que los rojiblancos juegan esa noche durante un buen rato con un hombre menos.

Una vez terminado en encuentro, ocurre la anécdota que les refiero. Se acerca hasta nuestra posición de comentaristas, ubicada por aquel entonces justo debajo del palco que preside Jesús  Gil, un señor mayor, elegante, abrigo y sombrero, bufanda rojiblanca al cuello. Me pregunta con mucha educación: “caballero, la de Romario, ¿ha sido penalti?"  Tras dudar un momento le contesto que sí. Entonces se le ilumina la cara y me contesta de manera memorable: ¡Mejor, así jode más!

Romario abdicó al finalizar aquella temporada. Tras ganar el Mundial y ser declarado mejor jugador del mundo, decidió que lo suyo en adelante serían la samba y el jolgorio. “La noche es mi amiga”, declaró. 

Y a los amigos hay que cuidarlos.

 

Romario, un jugador de dibujos animados

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