Nuestro compañero de Canalsur Web, Paco Olivares nos relata como vive Oslo el día después del mayor ataque terrorista de su historia.
Noruega se sitúa, según la ONU, a la cabeza de los países donde se vive mejor, en una burbuja de calidad de vida y naturaleza deslumbrante, ajena a los problemas de Oriente y Occidente.
Sin embargo, en la tarde de ayer viernes 21 de julio el mal golpeó dos veces el corazón de Noruega. La primera en forma de bomba contra las oficinas del primer ministro en pleno centro de Oslo, la segunda, minutos más tarde, se cebó contra un grupo de jóvenes que pasaban unos días de vacaciones en un campamento organizado por el Partido Laborista, actualmente en el Gobierno.
Se habla de 91 muertos, respectivamente, pero la transcendencia de los atentados va mucho más allá puesto que es la primera vez en la historia del país que se vive un hecho similar.
Serían las tres y media de la tarde, de un lluvioso viernes de julio cuando un trueno rompía el silencio de la tarde en Oslo. En ese momento, casi ya no llovía y pensamos que sería una tormenta de verano. Eso mismo debieron pensar los habitantes de la ciudad, porque ¿qué otra cosa podría ser?
Nuestro hotel está a menos de 500 metros del lugar del atentado y no notamos nada especial, hora y media más tarde salimos a dar una vuelta y estuvimos a unos 200 metros de la explosión sin percibir nada extraño. No había presencia policial, ni controles ni nada. Es más, llegamos hasta el palacio real que está a muy poca distancia y los turistas hacían fotos a los guardias, vestidos de gala, como cualquier otro día.
Lo único raro es que empezamos a oír demasiadas sirenas, pero no mucho más de las que escuchas en el centro de cualquier capital europea. En ese momento lo achacamos a un accidente de tráfico.
Tenemos que confesar que recibimos la noticia por Internet cuando familiares y amigos nos contactaron para saber si estábamos bien. En la calle todo seguía igual, turistas y locales llenaban tiendas y cafeterías ajenos a lo que había pasado algunas calles más allá.
Sobre las siete salimos a ver si podíamos acercarnos hasta el lugar de la explosión y ver el ambiente de la calle. La situación era, cuando poco, curiosa. Todo el centro estaba cerrado, todas las calles en un radio de unos 300 metros a la zona cero estaban cerradas y controladas por la Policía o el Ejército, sin embargo la gente seguía paseando despreocupada, los turistas aceptaban, molestos, tener que dar un desvío y eran muy pocos los que preguntaban qué había pasado. Eso sí, los policías eran amables, educados y no daban la menor muestra de nerviosismo o tensión incluso cuando algún despistado insistía en cruzar el cordón de seguridad.
Tras mucho preguntar llegamos hasta el punto más próximo al que podíamos acercarnos y allí empezamos a ver los cristales destrozados de los escaparates de tiendas que estaban bastante lejos del lugar de la explosión. Sólo algunos curiosos y un grupo de periodistas estábamos pendientes de alguna novedad, el resto de la población apenas se paraba a mirar las calles cortadas.
Mientras la televisión nacional y la BBC repetían continuamente las primeras imágenes de heridos tras el atentado, en la calle todo seguía igual que cualquier día, igual que cualquier otro viernes lluvioso de julio. Ojo, no hablamos de barrios de la periferia, sino de las calles inmediatas al lugar de la explosión.
Posiblemente durante el día de hoy la gente empiece a tomar conciencia de lo que ha pasado, de que el Mal no respeta la listas de la ONU y que, sea quien sea el culpable, vivimos en una sociedad global.
Las televisiones de todo el mundo y las redes sociales estaban profundamente afectadas por lo ocurrido en Oslo, mientras las gente mantenía su rutina de cada día. Dicen que Suecia perdió la inocencia el día que asesinaron a Olof Palme, quizás los noruegos entiendan más adelante que su burbuja se ha pinchado para siempre.
Imagen tomada por Sofía Jaureguiberría en el centro de Oslo.