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DORSAL DE LEYENDA DEL SEVILLA FC

Enrique Montero, con la frente levantá

16/07/2019

Por Manuel Ladrón de Guevara

A veces me paro a pensar cuáles son las imágenes de fútbol más antiguas que conservo en la memoria. Me vienen fragmentos en blanco y negro del viejo Domecq, el estadio donde se educó mi afición; la final de México 70 y el asombro que nos provocó aquel Brasil de Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino; y por fin, todos los Trofeos Carranza a los que acudí de forma inexcusable cuando era un niño. Allí, entre otros muchos maravillosos futbolistas, una tarde de agosto de 1974 vi jugar a Pelé. O rey tenía ya 34 años, y estaba a punto de marcharse a EEUU para cultivar su otra gran pasión junto al fútbol, los dólares. El Santos solo pudo alcanzar la final de consolación, en la que se enfrentó al Barça de Cruyff, que acababa de ganar la liga pero que cayó ante otro equipo monumental, el Palmeiras de Luis Pereira y Leivinha.

Era aquel un Trofeo excepcional. Los equipos lo jugaban con el interés y la intensidad de los torneos oficiales. Tanto ardor había, que una alevosa entrada en el Carranza del 81 acabó con la carrera de uno de los mejores delanteros andaluces de la historia.

Enrique Montero lo vi jugar fundamentalmente en el Cádiz. Llegamos a la tacita a la vez, en 1986. Yo para trabajar en una emisora de radio que acababa de nacer, COPE CÁDIZ. Él venía de arrastrar un suplicio después de la entrada de un brasileño de cuyo nombre no quiero acordarme. Sin aquella lesión, Montero hubiera jugado la temporada siguiente en el Barcelona, que ya había cerrado su traspaso con el Sevilla a cambio de 150 millones de pesetas. Y no era un Barça cualquiera: en el vestuario del Camp Nou habitaba ya Bernardo Schuster, y un poco después se instalaría allí Diego Armando Maradona.

Enrique Montero jugó cuatro temporadas en el Cádiz, el mejor Cádiz de la historia. El Cádiz de Irigoyen, Bermell, Jaro, Manolo Villa, Linares, Carmelo, Barla, Calderón, Ángel Oliva y, naturalmente, Jorge Mágico González. Si un futbolista andaluz, el inolvidable Rogelio Sosa, inventó el incomparable “correr es de cobardes“, Enrique Montero bien pudo idear otra sentencia ejemplar: agachar la cabeza es de mediocres. Lo recuerdo siempre con la cabeza alta, con la frente levantá, como dice el famoso fado. A la pelota, ni mirarla. Él sabía que estaba allí, junto al empeine, sumisa y obediente. Pocas veces he visto un futbolista tan elegante en un campo de fútbol.

Tras dejar el Cádiz, Montero se permitió la licencia y el placer de jugar dos temporadas más, y retirarse en el equipo de su pueblo, el Racing Club Portuense. Y en el Puerto de Santa María sigue. Demostrando que tiene tan buen gusto para la vida como lo tuvo para el fútbol.

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