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Canal Sur


La fiesta sevillana del tablero

Largas colas en las puertas del Teatro Lope de Vega para asistir a la última partida del mundial. La posibilidad de que Anatoly Karpov venciera a Kasparov en un choque la historia tras su exhibición de la penúltima hacía que ningún buen aficionado a los 64 escaques quisiera perderse el momento.

11/10/2017 Juan I. Tribuna

La cosa excedía lo meramente deportivo, es decir, la mayor o menor comprensión de las técnicas complicadas de desarrollo del juego del ajedrez en función del nivel de cada uno, comparado con la estratosfera de las enrrevesadas mentes de estos campeones y su capacidad para imaginar cientos de alternativas y movimientos. Como casi todo lo que acaba de quedar en la memoria colectiva de las comunidades humanas, la cosa era ya una cuestión emocional, sentimental.

Podías estar a favor de la forma de jugar de uno u otro, de su mayor dominio de las aperturas o de su mayor arrojo para el sacrificio y la creatividad. Pero básicamente te caía bien el hombre o no por otras muchas cosas, como su comportamiento fuera del juego o, sobre todo, por la manera de tratar a sus rivales. kasparov tenía el halo del genio un poco loco y despistado pero mágico en su capacidad para jugar, aunque le perdían las formas algunas veces. Karpov daba una imagen más fría, mimetizado con la antigua Unión Soviética de donde procedía, pero era un señor muy educado y hasta exquisito.

Inevitablemente, Sevilla vivió aquella memorable división de la afición entre uno y otro con todas las consecuencias. Los había acérrimos del azerbaiano, al que identificaban con el cambio de la socidad soviética de mediados de los años 80, y los había seguidores de culto del sobrio campeón ruso, una figura del ajedrez mundial desde los años 60, en que se había proclamado con tan solo quince años el gran maestro más joven de la historia en un país con una larga nómina. Pero las reacciones de "divo" y poco elegantes del campeón en ejercicio le fueron granjeando cierta antipatía incluso entre sus propios seguidores a medida que avanzaba el Mundial. También se vivía una era en que grandes maestros como el propio "ogro de Bakú" empezaban a poner en entredicho el poder de la FIDE y su capacidad para gestionar una actividad cada vez más lucrativa y en la que ellos querían tener cada vez mayor protagonismo.

Hay que tener en cuenta además, que esta rivalidad se convirtió en la más prolongada en el tiempo del ajedrez moderno, superando a otras muy conocidas como las de Capablanca y Alehkine o Bobby Fischer y Boris Spassky. Los protagonistas del duelo sevillano se habían enfrentado en sendos mundiales en los años 84, 85 y 86 de forma sucesiva y sus partidas despertaban la lógica expectación. Todo ello, como decimos, adobado por la cuestión sentimental, ya sabemos que las emociones dominan la memoria del hombre. K-K se enfrentaron 144 veces y dejaron para la posteridad un nivel de ajedrez que en aquella época nadie era capaz de igualar, colocándose largamente por encima de sus rivales de entonces.

El mismo Tolia había ganado en mayo con 35 años el torneo de candidatos a su compatriota Andrei Sokolov, de 23, nada menos que en la ciudad jiennense de Linares, por entonces un importante centro de práctica del ajedrez. El mundo de estos "monstruos" del tablero estaba lleno de curiosidades, como corresponde a personas absolutamente centradas en cuerpo y alma en una actividad cerebral que les impedía desarrollar cualquier otra de una manera normal. Por poner un ejemplo, sacado de la hemeroteca, ambos contendientes de Linares pusieron la condición de que el reloj que contabilizara sus partidas fuera de la marca alemano oriental Garde, ya utilizado en las recientes Olimpiadas de Dubai, frente a los aparatos españoles e, incluso, alemanes y suizos que se les ofrecían.

Otras cuestiones absolutamente laterales pero que a los aficionados gustaba desmenuzar eran noticias como que los contendientes del Lope de Vega tenían que cambiar de camerino en cada partida, pues no había uno fijo para cada uno y SI un camerino para las blancas y otro para las negras. También que la organización tuvo que atender algunas peticiones de los jugadores como las de videos de películas del oeste en inglés para entretener a la familia durante tantas y tan largas jornadas de espera aquel otoño.

Seguramente una fruslería para los 450 millones de pesetas que se presupuestaron a la hora de postularse en primavera para acoger el Mundial frente a ciudades como Seattle, Sochi o Abu Dhabi. La enorme promoción que alcanzaría durante tres meses la ciudad era el mejor argumento para justificar tal cantidad hace 30 años.

En todo caso, del Mundial se habló y también se habló de Sevilla, donde el presidente Florencio Campomanes ya había hecho acto de presencia semanas antes del comienzo efectivo de las partidas, como demuestra su presencia en sendos partidos de fútbol de la liga de aquel curso en los palcos de Sevilla y Betis mediado el mes de septiembre.

Una última cosa, Kasparov inició aquella recordada última partida que le permitió empatar y retener el título con una APERTURA CATALANA, toda una jocosa coincidencia en éstos tiempos que corren, tres décadas después.