Un maquinista le hizo cambiar de oficio con una sola frase
El popular cocinero vasco colocaba las puertas de las locomotoras con tan solo 15 años, pero una prueba en las vías cambió su futuro al comprobar que se abrían en las curvas.
Antes de convertirse en uno de los cocineros más queridos de España, Karlos Arguiñano trabajó con 15 años en la fábrica de trenes de Beasáin (Guipúzcoa), su localidad natal. Allí se encargaba de colocar los techos y las puertas de las locomotoras. Nunca olvidará el día en que, tras una prueba de unos 200 kilómetros hasta Miranda de Ebro, un maquinista le preguntó quién había instalado las puertas. Cuando respondió que había sido él, recibió una contestación que le cambió la vida: "Se me abren en las curvas". Aquella anécdota le hizo pensar que quizá debía buscar otro futuro y terminó apuntándose a una escuela de cocina. También influyó que, como hermano mayor, desde niño ayudaba en casa porque su madre tenía problemas de movilidad.
Con el paso de los años descubrió alimentos que apenas había probado durante la posguerra. Recuerda que los huevos estaban reservados para su padre y que su madre le enviaba a comprar medio kilo de filete de tercera, una carne tan dura que, asegura, no había quien le hincara el diente. Además de su pasión por la gastronomía, también ha desarrollado otro gran proyecto: la bodega K5. Junto a cinco amigos plantó 50.000 cepas y en 2010 obtuvo la primera cosecha. Desde entonces, la iniciativa no ha dejado de crecer en el municipio guipuzcoano de Aia, en un entorno rodeado de castaños, hayas y robles, además de fauna y con vistas al mar Cantábrico.
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