"Los Reporteros"
Los últimos oficios del Guadalquivir
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Se cree que fueron los romanos los primeros en obtener estos sillares a partir de las tierras arcillosas que se extienden en torno al río Guadalquivir. Dos milenios después de convertirse en una pieza clave de la arquitectura histórica y tradicional, su fabricación artesanal barrunta un claro final de ciclo: solo una pequeña empresa familiar de Coria del Río mantiene hoy su producción real. A pesar de que existe demanda en el mercado —donde el taco rústico convencional se cotiza a unos 45 céntimos la unidad—, las trabas administrativas y la falta de relevo generacional abocan esta tradición a la desaparición.
En las Reales Atarazanas de Sevilla se ha recurrido precisamente a este ladrillo coriano para acometer sus trabajos de restauración. Sin embargo, el futuro de esta industria ancestral es incierto. Manuel Bizcocho, propietario y gerente de la firma Aljarasur, señala las paradojas a las que se enfrenta su actividad: "El mercado no está nada mal y la gente está requiriendo este tipo de material. No es un problema de ventas, es un problema de encontrar personal y de las trabas que vienen de arriba".
Bizcocho subraya además el compromiso ambiental asumido con el paso de los años: "Antiguamente se cocía con neumáticos de coche, que sí podían ser contaminantes, o con colchones; pero hoy en día todo nuestro combustible es madera. Por ahí es por donde van los tiros: en vez de ayudarnos, como somos una empresita pequeñita donde nos ganamos el pan ocho o nueve familias, lo que hacen es ponernos más pegas que ayudas".
La singularidad del producto reside tanto en la materia prima como en un proceso meticuloso. "Esta arcilla que nosotros utilizamos es de la margen izquierda del Guadalquivir. Una vez que la sometes a una temperatura de 900 o 1000 grados, adquiere una resistencia a la compresión de más de 10 newtons por milímetro cuadrado; es algo espectacularmente duro", explica el gerente. Para evitar fisuras durante la cocción, emplean técnicas transmitidas entre generaciones: "Le ponemos una capa de cascarilla de arroz para que, cuando el ladrillo se está cociendo y aumenta su tamaño, haga un efecto de amortiguación al enfriarse y no se parta. Se hace todo completamente a mano".
Sin embargo, el relevo generacional es inexistente. "Tengo conocimiento de antiguos empresarios cuyos hijos no han querido seguir con el trabajo al jubilarse. Yo no tengo descendencia; por lo tanto, creo que en el momento en que nosotros terminemos, esta actividad desaparecerá. No sé cuándo haya que restaurar un monumento tan importante como la Giralda o el Coliseo romano dónde van a buscar este tipo de material, porque ya somos los últimos. No hay nadie más que fabrique este ladrillo de forma totalmente artesanal", lamenta Bizcocho.
El esfuerzo físico que exige esta labor se vuelve aún más duro bajo el rigor del verano andaluz. José Balcázar, elaborador de ladrillo coriano, describe el ritmo de la producción estival: "Intentamos darle un poco fuerte para quitarnos el calor, porque como se puede ver, toda la campaña se hace en verano. Empezamos en marzo y finalizamos en octubre".
El secreto de la durabilidad del ladrillo coriano se custodia en la cocción dentro de toscos hornos tradicionales. Nelson López, medianilla y maestro hornero, detalla la complejidad del proceso: "El secreto de la perdurabilidad del ladrillo coriano hay que buscarlo precisamente en su cochura en estos toscos hornos. Es un meticuloso proceso que se alarga durante 24 horas y donde, mediante sucesivas cargas de leña —a imitación de la más idílica fragua de Vulcano—, se va subiendo la temperatura hasta alcanzar un clímax de 1000 grados. Solo eso posibilita la extrema dureza del material y su resistencia a los agentes atmosféricos, hasta el punto de que, en los sillares más tostados y blanquecinos, al golpearlos su sonido llega a recordar el tañido de un bronce".
Pero no solo el ladrillo coriano asiste a su lenta extinción. A orillas del Guadalquivir, un carpintero casi nonagenario resiste como el último artesano de ribera de todo el curso fluvial. El aroma picante a hidrocarburo y la madera requemada del calafate se perdieron hace décadas, al igual que gran parte de los terrenos que, por concesión o baldío, se aprovechaban como astillero artesanal. De aquí salieron barcos areneros y embarcaciones inscritas en las listas oficiales de pesca que el río albergó durante siglos.
Antonio Asián, conocido popularmente como "Hachilla" y último carpintero de ribera del Guadalquivir, rememora cómo la urbanización y los nuevos materiales acabaron con su oficio. El carril bici y el tránsito de vehículos lo dejaron sin espacio en la orilla para trabajar: "Con esto del poliéster, las barcas de fibra y el aluminio, han terminado con las embarcaciones de madera. Aquí ya hace años que no se construye un barco. Quedan muy poquitas barcas, incluso auxiliares hay contadas; el que tiene su barca la conserva solo para acceder a otra mayor".
El declive de la carpintería de ribera discurre paralelo al fin de la pesca tradicional en el estuario. "Con la pesca pasa lo mismo. Aquí vivían 20 o 30 familias que mantenían a sus casas, pero la pesca ha ido desapareciendo; el que no se ha muerto, lo ha dejado. Es que ahora mismo no dejan ni pescar. Traen camarones y cuatro albures, pero nada que ver con lo de antes", explica Asián.
De sus manos y de su taller salieron antaño grandes naves: "Aquí se han hecho 14 o 15 barcos para la pesca y dos o tres areneros de 14, 15 o hasta 20 metros. Tuvimos que traer carpinteros de Barbate para que nos ayudaran y ya se quedaron a vivir en Coria. El mantenimiento de un barco de madera no tiene nada que ver con el de uno de poliéster; había que repasarlo todos los años. Había que meterle fuego, limpiarlo y calafatearlo. Antes podías trabajar ahí fuera libremente; ahora no se puede hacer nada. Yo, para el tiempo que voy a estar aquí, me distraigo haciéndome mis barquitas por pasar el rato, no por otra cosa".
Esta encrucijada legal e institucional es compartida por la administración local. Modesto González Márquez, alcalde de Coria del Río, señala la falta de sensibilidad de las administraciones supramunicipales: "La evolución de los tiempos, pero también la dejadez de las administraciones por mejorar las circunstancias y la dignidad de determinados oficios, los hace insostenibles. Desde hace 13 años que soy alcalde vengo reivindicando la necesidad de regular la pesca en el Guadalquivir. No es posible pescar comercialmente aquí, lo cual parece increíble cuando ha sido una actividad tradicional durante milenios. Si alguien pesca, lo sancionan con multas inasumibles para una familia humilde, lo que repercute directamente en que no haya barcos".
El regidor contrapone la pujanza del pasado con el estancamiento actual: "Hemos llegado a tener hasta 300 pescadores y actualmente solo dos personas salen a pescar camarón; el albur ya no se pesca salvo por encargos específicos. Si la ley no lo permite, la pesca está condenada a desaparecer. Quizá no sea tan mala la situación de la angula cuando me consta que se sigue pescando. Aquí tenemos dos gramos de salinidad; esto es una ría, un estuario, ¿por qué no pescar con las mismas condiciones del mar?".
Asimismo, el alcalde defiende las potencialidades de la economía de proximidad: "Si el puerto de Sevilla transporta sus mercancías por el Guadalquivir, ¿por qué no va a tener futuro el transporte de ladrillos o de cualquier otro material? Me he reunido ya con tres directores generales, consejeros y delegados territoriales, pero hace falta creer en la potencialidad de los municipios más allá de las grandes compañías. El Bajo Guadalquivir ha generado siempre mucha actividad vinculada a nuestro territorio. Eso evita desplazamientos hacia el área metropolitana y nos permite tener un pueblo sostenible económicamente, basándonos en ese 'kilómetro cero' del que ahora tanto se habla de boquilla, pero que aquí ya estaba inventado".
Precisamente, esta pérdida de identidad en los valores patrimoniales de los municipios es una de las cuestiones que más preocupa a los especialistas dedicados al estudio de la antropología andaluza.
Isidoro Moreno, catedrático emérito de Antropología de la Universidad de Sevilla y autor de la primera monografía antropológica de Andalucía, advierte sobre los peligros de una modernización mal entendida: "Creo que estamos en total peligro, porque lo que se considera prioritario es únicamente lo que tiene que ver con grandes inversiones. Evidentemente la vida no se congela, pero habría que preguntarse: ¿es necesario sacrificar formas de vida en aras de una real o supuesta modernidad? Hay formas de producción y de recolección —porque al final la pesca también es recolección— que no tienen por qué desaparecer".
Moreno cuestiona además el abandono de la sabiduría tradicional en la arquitectura y el urbanismo frente al cambio climático: "Los veranos en las ciudades mediterráneas siempre han sido calurosos. La forma tradicional de combatir ese calor era haciendo un urbanismo de sombras y edificios adecuados, no construyendo colegios en pueblos andaluces con el mismo diseño que en Logroño o Bruselas. O cometiendo barbaridades como arrasar la arboleda en torno a los edificios de poder, como en la fachada del Palacio de San Telmo en Sevilla, convirtiéndola en un desierto absoluto bajo la falsa premisa de que 'así se ve mejor'".
Para el antropólogo, la defensa del patrimonio artesanal exige un compromiso firme y medidas concretas: "Existe la entelequia de que podemos vivir abstraídos de la naturaleza y de las condiciones climáticas. Los aprovechamientos tradicionales son más eficaces para la conservación del medio y del patrimonio. Pero esto hay que defenderlo no solo por nostalgia, sino con eficacia. No se puede predicar la producción artesanal si luego la fiscalidad que sufren los pequeños negocios familiares es comparativamente mayor que la de las grandes compañías. Hay que predicar y dar trigo".
Asimismo, alerta sobre la masificación turística y la descaracterización de los municipios: "Hay un turismo masivo que recorre ocho países en una semana sin saber ni dónde está. En los últimos años se están inventando mercados medievales y fiestas sin raigambre local para atraer visitantes. No tenemos que inventar lo diverso cuando lo diverso ya existe en nuestra propia tierra. Si todavía existen tradiciones y gente que sabe hacer las cosas, aprovechémoslo".
Decía Dante que de una pequeña chispa puede prender una llama. Tras escuchar la reflexión del sabio, la mirada se dirige a una de las pocas tradiciones que hoy se mantiene ampliamente viva en la comarca. La música del pito —denominado gaita en el Aljarafe sevillano— y el tamboril llegó a estas tierras con los repobladores leoneses tras la Reconquista.
Jesús Antonio Luque, tamborilero de Coria del Río, relata cómo resurgió esta enseñanza en el municipio: "Con la tontería de darme clases a mí, le pregunté a mi abuelo si montábamos una escuela. Al principio decía que solo nos enseñaba a mí y a un amigo, pero en 2006 le picó el gusanillo y la puso en marcha. Antes éramos dos o tres y costaba trabajo que una hermandad llevara un tamborilero; ahora cada hermandad lleva el suyo, o incluso dos y tres".
Su hermano, Álvaro Luque, también tamborilero en Coria del Río, expresa el sentimiento y la devoción intergeneracional que garantizan la pervivencia de este arte: "Esto tienes que vivirlo de chico. Cuando voy con el tambor y la gaita y entro en la ermita de la Virgen del Rocío, lo primero que me viene son los vellos de punta; son recuerdos de mi niñez. Que mi abuelo, con 82 años, pueda seguir a nuestro lado tocando es algo único. Somos la tercera generación y nuestra familia lleva más de 90 años en esto, desde mi bisabuelo. ¿Por qué tendría que dejar que esto se pierda?".
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