"Los Reporteros"
Los últimos oficios del Guadalquivir
"LOS REPORTEROS"
Están a punto de cumplirse 25 años del fin del servicio militar obligatorio en España. Un cuarto de siglo desde el final de la popularmente conocida como "la mili", un hito histórico que transformó la estructura de las Fuerzas Armadas y redefinió la relación de la sociedad civil con el ejército.
Para entender el alcance de este cambio, basta observar a las nuevas generaciones. Gerardo nació en 2001, el mismo año en que se puso fin al servicio militar obligatorio. Recientemente terminó la carrera universitaria, ha encontrado empleo, es aficionado del Betis, tiene novia y hace planes de futuro. La vida fluye con normalidad para él. Sin embargo, de haber nacido en otro tiempo y en un país muy diferente al actual, sus proyectos habrían quedado en suspenso y, quisiera o no, habría sido llamado a filas para convertirse en soldado.
Desde 1940 hasta la suspensión de la mili en diciembre de 2001, alrededor de 17 millones de jóvenes españoles mayores de edad fueron convocados a filas. Se trataba de un paréntesis forzoso que interrumpía bruscamente la vida familiar, el trabajo o los estudios. Su duración fue evolucionando con las décadas: duró dos años hasta la década de los cincuenta, 18 meses hasta 1983, un año a partir de 1984 y nueve meses en su etapa final.
En lo esencial, la mili consistía en un ejército de leva compuesto por soldados de reemplazo, sin sueldo ni derechos, repartidos aleatoriamente en cientos de cuarteles. Muchos de estos imponentes edificios terminaron siendo abandonados, recalificados o reconvertidos tras la progresiva reorganización de las Fuerzas Armadas. Pero hasta que esa reforma se puso en marcha en la última década del siglo XX, a los cuarteles de todo el país llegaban anualmente, con cada reemplazo, unos 400.000 reclutas. Tras un breve periodo de instrucción, la realidad era que no iban a luchar contra nadie; el único enemigo al que se enfrentaban era el aburrimiento, ya que, como se decía con sarcasmo en la época, un cuartel era un lugar donde «no se hacía nada desde muy temprano».
Juan Luis Manfredi, periodista y profesor universitario experto en historia militar y defensa, hizo la mili a mediados de los años sesenta. Recuerda que, en aquel entonces, los cuarteles carecían de actividad castrense propiamente dicha y se nutrían principalmente de reclutas procedentes de pueblos y aldeas, jóvenes humildes y sin apenas formación: "En mi compañía había cien hombres y solo tres sabíamos leer y escribir; los demás eran gente del campo que era la primera vez que salían de su pueblo y que aprendía a leer y escribir y a manejar un coche o un tractor". Manfredi señala además la escasa operatividad militar de aquel modelo: "Lo normal era hacer muchos desfiles, muchos movimientos de grupo, pero no era eficaz desde el punto de vista militar".
En plena dictadura, el ejército ostentaba un poder omnímodo, pero técnicamente subsistía en una situación muy precaria, con equipos obsoletos y un armamento defectuoso y anticuado. Como rememora el propio Manfredi, el material "literalmente era de la guerra de Cuba y de la guerra de África, de los años 20, y durante muchísimos años el ejército no tenía cómo renovarse". Esta falta de medios obligaba a mantener ocupados a los militares de cualquier modo: "En cada capital de provincia había un regimiento, y en cada provincia un gobernador militar y un tribunal militar. Estaban superpuestos sobre la sociedad civil", por lo que "ese ejército tenía muy poco que ver con un ejército de verdad".
Frente a esta dura realidad, la propaganda del régimen franquista trató de suavizar la imagen de la vida en los cuarteles mediante comedias cinematográficas amables como "Recluta con niño", "Botón de ancla", "Ahí va otro recluna" o "Cateto a babor". Según el cineasta Miguel Olid, estas películas fueron concebidas para edulcorar la mili y fomentar la masculinidad y el patriotismo. En el caso de "Cateto a babor", Olid explica que el protagonista "va con la pretensión vana de que en cuanto hable con alguien le van a decir que, como tiene un hermano pequeño, no tiene que hacerlo, pero se da cuenta de que no". Aunque al principio sufre las novatadas y choca con la disciplina, termina aprovechando la mili para formarse, "se va a convertir en un héroe" y hasta logra formar una familia, concluyendo en lo que el cineasta define como "un happy end total".
La realidad cotidiana en los cuarteles, sin embargo, distaba mucho de esas ficciones y resultaba a menudo trágica. Tras la muerte de Franco y en los primeros compases de la Transición, salieron a la luz los aspectos más oscuros del servicio militar. En 1989, el periodista Juan Luis Carrasco elaboró para el programa "Los Reporteros" un reportaje que puso por primera vez voz y rostro a los familiares de los jóvenes reclutas. "Ahí vimos que había cientos de abusos, de muertes no aclaradas, de suicidios, y nos pusimos a investigar", recuerda Carrasco, reconociendo que "no era fácil contar con los testimonios de soldados que habían sufrido vejaciones o de familiares que habían perdido hijos o hermanos". El estremecedor testimonio de uno de esos familiares reflejaba el dolor vivido: "Te tienes que resignar, pero ni es el deseo ni es así la vida; no se nace para que a los veinte años te traigan en un ataúd". Tras décadas, el impacto permanece imborrable para Carrasco: "36 años después sigo pensando en aquello".
Pocos años antes, la publicación del libro "La tropa atropellada" ya había revelado datos oficiales preocupantes: entre 1969 y 1979 se contabilizaron 264 muertes por accidente, la mitad de ellas por disparos fortuitos durante las guardias o la instrucción. El informe detallaba asimismo las crueles novatadas con las que los veteranos recibían a los recién llegados. La gravedad de los hechos llevó a que en 1990 el entonces Defensor del Pueblo, Álvaro Gil-Robles, pronunciara un contundente discurso en el Congreso alertando sobre "supuestos de malos tratos a personas detenidas o en prisión, novatadas brutales o malos tratos a los ciudadanos que hacen el servicio militar que deben ser corregidos sin dilación".
En ese mismo debate parlamentario de 1990 comenzó a plantearse la posible profesionalización de las Fuerzas Armadas. Los primeros movimientos contrarios al servicio militar obligatorio habían surgido a mediados de los años setenta como una oposición heterogénea integrada por cristianos de base, grupos pacifistas, militantes de la izquierda alternativa, intelectuales, cantautores y asociaciones vecinales. El referéndum sobre la OTAN sirvió como elemento aglutinador del descontento. José Luis Moreno Pestaña, profesor de Filosofía Moral de la Universidad de Granada, explica que el movimiento anti-OTAN surgió en un contexto marcado por la amenaza de una guerra mundial entre bloques y la sensación de apocalipsis en toda Europa, alimentado además por "las noticias sobre novatadas, violencia en los cuarteles, humillaciones", que se transmitían de padres a hijos como la vivencia de "un lugar que no era seguro".
A la par del drama social, la mili también se convirtió en objeto de parodia. En 1986, la revista "El jueves" comenzó a publicar "Historias de la puta mili", del dibujante Ivá, una exitosa sátira que la propia tropa devoraba cada semana en los cuarteles.
Ante el creciente rechazo popular, el Gobierno había aprobado en 1984 la Ley de Objeción de Conciencia, que imponía como alternativa la Prestación Social Sustitutoria (PSS) mediante trabajos civiles no remunerados. El problema fue que la PSS resultaba más larga que la propia mili, lo que dio origen al movimiento de la insumisión, castigado con penas de hasta dos años y medio de cárcel. El propio Moreno Pestaña, reconocido como objetor de conciencia, decidió no cumplir la PSS: "Uno se niega, explica por qué y afronta las consecuencias", reflexiona, señalando que "entrar en prisión supone un coste enorme, y sobre todo en mi caso supone un dolor muy fuerte por lo que está sufriendo mi familia".
La represión penal afectó especialmente a municipios como Linares (Jaén), que se convirtió en un referente del movimiento insumiso en Andalucía. Allí fue juzgado y encarcelado el músico Javier Caracuel, quien recuerda: "En Linares la represión se notó mucho más porque de repente, muchos insumisos de Linares fueron a la cárcel; eso hace que la gente, incluso la que no estaba de acuerdo, dijera: ¿pero cómo vas a meter en la cárcel a alguien por eso?". Para evitar el desgaste reputacional que suponía juzgar a jóvenes pacifistas en consejos de guerra militares, el Gobierno decidió derivar los casos a la jurisdicción civil. El librero linarense Javier Soler rememora su propia causa: "Lo normal es que me hubieran apresado y me hubieran juzgado por la ley militar, pero el ejército se desentendió". Fue Moreno Pestaña quien, desde prisión, le aconsejó no entregar voluntariamente su libertad: "No lo hagas, espérate cuando vengan a buscarte, que te busquen, pero no lo adelantes".
Finalmente nadie acudió a buscarlo, porque el Estado afrontaba una crisis social y administrativa insostenible. En 1992, año de la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, diez mil insumisos esperaban juicio y varios centenares cumplían condena en prisión. A mediados de los años noventa, había más objetores de conciencia en España que soldados de reemplazo en los cuarteles. Alrededor de un millón de jóvenes se adscribieron masivamente a la prestación sustitutoria, provocando un colapso administrativo colosal, mientras las filas del ejército se vaciaban paulatinamente. Juan Luis Manfredi describe aquel declive indicando que "poco a poco había cuarteles a los que no iba nadie literalmente, porque todo el mundo tenía un 'enchufe' y no había nadie allí". A las puertas del siglo XXI, solo el 10 % de los jóvenes llamados a filas terminaba haciendo la mili.
El desenlace político se aceleró tras las elecciones generales de 1996. El Partido Popular, sin mayoría absoluta, alcanzó con Jordi Pujol el denominado Pacto del Majestic para la investidura de José María Aznar, acuerdo que incluía la suspensión del servicio militar obligatorio a medio plazo. Finalmente, en diciembre de 2001, la medida se materializó mucho antes de lo previsto.
Para José Enrique de Ayala, general de brigada retirado y miembro del consejo asesor de la Fundación Alternativas, acortar los plazos tenía todo el sentido: "Había dos aspectos que empujaban, si no obligaban, a suprimir el servicio militar. Uno de ellos era el rechazo social al servicio militar que se había extendido enormemente... en los últimos reemplazos casi la mitad de los llamados a filas estaba en contra". El otro factor determinante fue la reconversión de las Fuerzas Armadas: "El ejército se estaba transformando de unos ejércitos procedentes de la dictadura, muy numerosos, poco dotados y anticuados, a otros más modernos y capaces de colaborar con los aliados de la OTAN en igualdad de condiciones, para lo cual se necesitaba un ejército más pequeño y más especializado".
En la actualidad, el modelo de defensa ha cambiado de forma radical. Los conflictos bélicos contemporáneos ya no se libran únicamente mediante la ocupación territorial; la guerra híbrida se desarrolla en el ciberespacio, y la ingeniería avanzada, las telecomunicaciones y la inteligencia artificial resultan tan determinantes como el armamento convencional. Ante la pregunta de si serviría de algo reimplantar la mili en este contexto, el general De Ayala es tajante: "Yo creo que no... nosotros lo que necesitamos es un ejército tecnificado, un ejército de especialistas, y eso no se compadece con un ejército de reclutamiento obligatorio; para eso se necesita un ejército profesional".
El panorama en la Unión Europea sigue siendo heterogéneo. Siete países nunca han llegado a abolir la conscripción obligatoria, mientras que otros cuatro —Croacia, Suecia, Letonia y Lituania— la han reinstaurado recientemente en respuesta a las tensiones geopolíticas derivadas de la invasión rusa de Ucrania. No obstante, el general De Ayala considera que esta medida responde a "una psicosis bélica que no tiene fundamento", pues sostiene que Rusia "no está en condiciones de enfrentarse a la Alianza Atlántica en absoluto".
En España, la opinión pública mantiene una postura mayoritariamente contraria al regreso de la mili. Paco Camas, investigador de la consultora IPSOS, explica que la percepción presenta claros matices ideológicos: "Si eres de una ideología de derechas y tienes un alineamiento partidista con PP o Vox, tiendes mayoritariamente a estar de acuerdo con que se recupere; por el contrario, si te ubicas en el espacio de la izquierda, te muestras claramente contrario a esa recuperación de la mili".
Veinticinco años después de aquel hito, la abolición del servicio militar obligatorio marcó un punto de inflexión decisivo en la sociedad española. Fue una transformación política pushed por el compromiso e impulso de decenas de miles de jóvenes que asumieron elevados costes personales en defensa de la paz y la no violencia. Las guerras persisten en el mundo, pero la ciudadanía cuenta hoy con la facultad de decidir libremente sobre su participación en ellas.
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