Los Reporteros analiza las cicatrices que dejó el cierre de la verja en el Campo de Gibraltar
LOS REPORTEROS
Se cumplen cien días del desmantelamiento de la Verja, todo un hito para los trabadores transfronterizos. Pero los 13 años de cierre supusieron un mazazo para los vecinos de uno y otro lado. Lo analizamos en Los Reporteros.
Esta semana se han cumplido cien días del desmantelamiento de la Verja de Gibraltar. Se acabó el suplicio de las colas para 15.000 trabajadores transfronterizos. Es también, de momento, el punto final de una larga historia de desencuentros políticos que tenían en la Verja su reflejo y acababan sufriendo los vecinos de ambos lados. En Los Reporteros recordamos cómo fue el tiempo más complicado: los trece años de cierre de la frontera. Escucharemos a quienes eran entonces niños. Niños de la Verja que padecieron, como sus familias, los duros años del bloqueo.
Apenas unos minutos bastan para cambiar la Historia: la escrita con mayúscula inicial y la que construyen en minúscula los ciudadanos. Ocurrió el pasado quince de julio con la desaparición de la Verja de Gibraltar.
Cien días después, el último muro de Europa es página pasada. Un continuo trasiego de trabajadores, turistas y vecinos de ambos lados cruzan, sin mirar el reloj, la frontera. Eso sí, los límites siguen marcados por las banderas. Las antiguas garitas aún permanecen en pie y unos metros más allá, en la playa, los puntos fronterizos manchan el paisaje. Durante más de un siglo, la Verja, construida en 1908 por los británicos, ha separado países, políticas y, sobre todo, personas. Tal como explica Lorenzo Periañez, portavoz del Grupo Transfronterizo, "la frontera se ha utilizado siempre como un instrumento de presión. Y eso ha hecho mucho daño también a ambos lados de la Verja". A esto añade la historiadora Malgara García que "a partir de ahí lo que ha habido es distanciamiento y mucho dolor, desde luego".
EL CIERRE Y LAS PRIMERAS RESTRICCIONES
Ocho de junio de 1969. La dictadura franquista echa el cerrojo a la Verja. El gobierno español cortó toda comunicación entre ambos lados: ni a pie, ni por mar ni a través del teléfono. Las cartas tenían que hacer un largo periplo vía Londres o Tánger para llegar a su destino. Los radioaficionados suplieron la ausencia de telecomunicaciones y fueron enlace entre familias y amigos separados por la frontera. Y así durante trece años. Más de una década de aislamiento, incomprensión, éxodo y pobreza que empezó a gestarse desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Sobre el contexto histórico, el periodista y escritor Juan José Téllez rememora que "España se incorpora a Naciones Unidas y empieza a reivindicar la soberanía de Gibraltar. Empiezan las conversaciones entre el Reino Unido y España pero empiezan a ocurrir cosas. La población gibraltareña, que había sufrido un éxodo brutal durante la Segunda Guerra, vuelve y vuelve reclamando sus derechos civiles. Logra que se someta a referéndum una primera constitución gibraltareña. Se convoca el referéndum, se está fraguando esa constitución y aquello precipitó los acontecimientos".
Por su parte, la periodista y escritora María Jesús Corrales recuerda las duras medidas restrictivas previas: "El gobierno franquista empieza a imponer cada vez unas condiciones más duras porque quería presionar de esa manera al gobierno británico. En 1966, en concreto el 20 de agosto, a las mujeres se les impidió entrar a Gibraltar; se les retiró los pases para venir a trabajar a Gibraltar. Eso fue realmente un drama muy importante para ellas porque, date cuenta, en esa época, en el año 66, todavía dos mil mujeres trabajaban en Gibraltar, la mayoría de ellas de La Línea. Pero, anteriormente, habían sido hasta siete mil mujeres las que trabajaban en Gibraltar, trabajando en casas, en comercios, haciendo todo ese tipo de labores artesanales y de un día para otro se quedaron sin su pase".
Sin pase y sin sueldo en tiempos de mucha necesidad, un drama que María Jesús ha retratado en su novela "Las expulsadas". La protagonista es un personaje inspirado en Antonia, la madre de José Luis Moreno. Como cuenta el propio José Luis Moreno, hijo de una ex-trabajadora en Gibraltar: "Mi madre se quedó viuda joven, tenía dos hijos. Estuvo trabajando en la cocina en casa del primer ministro de Gibraltar, Hassan. De ahí se fue a un colegio de monjas de Loreto y aquí terminó su historia como trabajadora. La pobre el sueldo que le daban en Gibraltar no era suficiente para poder vivir y tenía que recurrir al matuteo". Sobre este fenómeno, María Jesús Corrales añade que "el matuteo siempre ha formado parte de ese sobresueldo que tenían las personas que venían de fuera; para ellos era una forma de conseguir un extra para las familias. Pues entonces llevaban tabaco, café, medias...".
José Luis Moreno aclara además que "había otras mujeres que no se dedicaban a eso porque trabajaban aquí en el centro de Gibraltar y trabajaban en otros puestos donde los sueldos eran un poquito mejores, pero las que trabajaban en las casas como sirvientas tenían sueldos míseros, mínimos".
José Luis recorre hoy el mismo camino que seguía su madre cuando bajaba del autobús de La Línea para ir a trabajar al Peñón, mientras recuerda el ambiente de la época: "Había rumores de que iban a cerrar la Verja y siempre estábamos con esa inquietud. Y tanto los mayores como los pequeños nos planteábamos qué iba a ser de nosotros sin Gibraltar. A mi madre le quitaron el pase. Y ahí nos quedamos, como se dice en nuestra tierra, con la cara partía, sin saber qué hacer". Y lo peor estaba por llegar, con el cierre total de la frontera tres años más tarde. Juan José Téllez resume el impacto inicial explicando que "para La Línea fue un golpe brutal, mucha gente se fue. Algunos trabajadores de Gibraltar de la época, como sabían inglés, los contrataron en las bases americanas, especialmente en Rota. Llegó a crearse una caseta de feria que todavía existe de La Línea de la Concepción".
EL ÉXODO Y EL IMPACTO EN LAS FAMILIAS
La población de La Línea rondaba los 100.000 habitantes. El cierre de la Verja dejó sin trabajo a una buena parte de sus habitantes, obligados a salir de su tierra para buscarse la vida. Según el censo, fueron treinta y dos mil personas pero, como muchos no estaban censados, las cifras podrían ascender a unas cincuenta mil, veinte mil de ellas niños.
Javier Ramírez, integrante del proyecto "Niños de la Verja", relata su experiencia personal: "Nosotros salimos en el año 71. Yo tenía ocho años para nueve. Pues imagínate. Yo tenía una vida de colegio, de amigos, de calle, de familiares... Aquí se vivía con las puertas a la calle, era una vida de barriada y, de pronto, nos paran la vida. La ciudad tuvo un coma clínico a nivel social y nosotros como niños lo pasamos bastante mal. Mi padre se dedicaba en una empresa de automóviles, de Capurro, aquí en Gibraltar, como pintor de coches. El régimen de Franco ofreció a quienes quisieran que ocuparan un puesto de trabajo del Estado. La mayoría eran en institutos como conserjes o celadores, puesto que el 90% de trabajadores transfronterizos no tenían cualificación".
Ante aquella situación imprevista, la historiadora Malgara García expone que "no había nada previsto. Se creó una oficina de colocación desde la que el Estado derivaba gente a determinados puestos, pero es que no sabían. Primero hubo que hacer una especie de censo por edades y por profesiones y por otro lado se promovió que algunas empresas hicieran ofertas privadas...". Juan José Téllez complementa señalando que "se crea un plan de desarrollo del Campo de Gibraltar similar al polo que se crea en Huelva y ahí hay medidas tan curiosas como la instalación de la refinería de CEPSA en San Roque. Se les obligó a ponerla en la costa, en concreto sobre las ruinas de la ciudad romana de Carteia, y ahí para que sirviera de escaparate frente a los gibraltareños. Y mientras que en La Línea empieza ese éxodo que la deja en cincuenta mil habitantes en ese periodo, a La Línea se le otorga una empresa textil, Confecciones Gibraltar, que empieza a funcionar pero que fue un ardid para quedarse con fondos públicos. La Línea se queda sin nada".
Javier Ramírez recuerda las consecuencias del traslado: "Nos fuimos a Burjasot, que estaba muy cerquita de la capital, pero otros que se fueron a grandes urbes como Barcelona, Madrid, Bilbao tuvieron que irse a un internado porque no pudieron escolarizarse en los centros que estaban cerca de sus casas. Fue muy duro. Estar allí era una cuenta atrás. A ver cuándo llega el verano para ver a mis abuelos, a mis amigos, a mis primos...".
Por su parte, Juan Rodríguez, también miembro del proyecto "Niños de la Verja", comparte la experiencia vivida en su hogar: "Cuando cerraron la Verja yo tenía 16 años. Era un adolescente que estaba estudiando en un instituto cercano aquí. La verdad es que era un niño feliz. Mi padre, que era carpintero, era un magnífico carpintero en el Peñón, trabajaba en el arsenal donde se reparaban los barcos. Teníamos una buena casa, allí se ganaba un buen dinero, yo estaba estudiando y además con la idea de hacer un grado universitario. Aquello fue una ruptura total, lloros en la casa, desconcierto, '¿qué vamos a hacer ahora sin dinero?'. Luego hubo un tiempo de desazón, de incertidumbre y luego vinieron la propuesta de darles puestos de trabajo en cualquier punto de España a los trabajadores de Gibraltar. A mi padre le tocó Cuenca, una plaza de celador sanitario. El pobre mío, artesano... '¿ahora qué hago con los enfermos?'. Como todo, aprendió. Allí en Cuenca subsistimos en un principio. Mi madre lo pasó mal. Recuerdo las primeras veces que iba simplemente a la tienda y pedía 'media libra de harina', 'un cuarto de libra de tal'... Y la gente: '¿de dónde viene usted, señora?', porque era la costumbre gibraltareña".
Años después, Juan y Javier pasean juntos recordando el drago que plantaron y que representa sus raíces. Javier Ramírez repasa el origen del colectivo: "Hace aproximadamente cinco años surgió el proyecto 'Niños de la Verja'. Estamos recogiendo testimonios de esos niños repartidos por toda España, los que siguen fuera de La Línea y los que están aquí".
Algunos de esos niños de la Verja, obligados a marcharse de su tierra por los años de bloqueo, pudieron volver, pero otros muchos se quedaron. Si hay algo que les une es su pasión futbolística por La Balona, la Real Balompédica Linense. Una placa junto al estadio recuerda a estos niños exiliados linenses. Sobre este vínculo, Javier Ramírez destaca que "ser linense y ser balona es un binomio indivisible. Cuando empezamos con el proyecto 'Linenses y balonos por el mundo' nos dimos cuenta de que la gran mayoría eran niños de la Verja. Cada año convocamos un encuentro en la semana de la feria para que los que están fuera de nuestra tierra sepan que tienen sus raíces aquí".
EL CAMINO A LA RECONCILIACIÓN
La historiadora Malgara García coordina el proyecto "Niños de la Verja" y es autora de un estudio sobre el cierre de la frontera a través de la prensa. Conversamos con ella en el salón de plenos del ayuntamiento de San Roque, junto al relieve del escultor Ortega Bru que representa el éxodo de gibraltareños en el siglo XVIII, fundadores de la ciudad sanroqueña. Las historias de frontera se entrecruzan desde hace más de tres siglos. Los años de bloqueo marcaron también a los gibraltareños.
Malgara García analiza cómo impactó el cierre al otro lado de la frontera: "En Gibraltar se va a desarrollar un sentimiento de resistencia muy fuerte, va a haber una movilización social importante. Esa movilización social va a tratar de alguna manera de autogestionarse porque han perdido más del treinta por ciento de la fuerza laboral, y todo esto se va a concretar en aspectos muy claros: primero, el cada vez menor uso del español como lengua vehicular. Segundo, el enfado tremendo contra Franco lo van a tener contra España... y por otro lado, en realidad, Inglaterra tampoco les ha respondido de una manera certera. Ahí se crea ese nacionalismo pequeño de Gibraltar, ese deseo de regirse por sus propios medios".
Anthony Pitaluga, exdirector del Archivo Nacional de Gibraltar, aporta sus vivencias de la infancia: "Yo nací en 1961, por lo tanto tenía ocho años, era muy pequeño. Mi tía Antonia, que todavía vive, era de Gibraltar pero vivía en La Línea con mi bisabuela Bernarda. Yo iba todos los viernes a verla y el primer viernes que pude ir cuando abrió la frontera peatonalmente, en el 82, fui al cementerio y ya estaba muerta. Los mayores hablaban mucho del 'scalextric' de los domingos, que sacaban el coche y se daban vueltas al Peñón; entrábamos por aquí y en quince minutos —depende de la velocidad, pero en quince o veinte minutos— habías dado la vuelta. La rutina del domingo era el almuerzo —aquí el almuerzo es como en Inglaterra, doce y media o una de la tarde— y luego a la Verja. La gente ponía sus mesas de la playa y se ponían a chillarse".
Por su parte, Lorenzo Periañez reflexiona sobre el coste humano de la separación: "Yo creo que hubo tres tipos de víctimas: los que nos quedamos, los que se tuvieron que quedar en Gibraltar y los que se fueron, que son los que más sufrieron. En aquel tiempo, en el año 69, separaron a mi familia. Mi madre se quedó en uno de los lados de la Verja y mi tía, que se casó con un gibraltareño, debido al cierre, a esta política mal entendida que tanto daño hizo en aquel tiempo, pues se quedó en el otro lado. Entonces, separaron a las familias, cortaron la libertad de podernos relacionar y abrazarnos todo lo que quisiéramos. Creo que fue una situación muy traumática y aún nos queda algo de aquel sufrimiento que tuvimos la familia".
El 15 de diciembre de 1982 se reabre la frontera al paso peatonal. Tres años después, se permite la circulación rodada. Hace solo cien días del desmantelamiento de la Verja y del final de los controles fronterizos, aunque el tratado entre la Unión Europea y el Reino Unido que lo ha permitido aún está pendiente de ser ratificado por el Parlamento Europeo. Todo fluye sin colas, sin atascos... mientras las heridas de la Verja cicatrizan.