El rastro del fuego en Andalucía, en Los Reporteros
LOS REPORTEROS
Andalucía ha vivido uno de sus peores veranos en tres décadas en cuanto a incendios forestales, dejando alrededor de 60.000 hectáreas arrasadas por el fuego. En Los Reporteros visitamos algunos de los puntos más dañados.
Esta semana, aun con temperaturas altas para la época, ha concluido el periodo de riesgo alto del Plan Infoca, pero la experiencia demuestra que no se puede bajar la guardia. Tres meses después de la tragedia, es momento de visitar los lugares afectados por el incendio de Los Gallardos, el más mortífero del siglo con 15 fallecidos, y también Berrocal, zona cero del fuego de Niebla, calificado como el más peligroso de la historia en la Comunidad Autónoma.
Más de 300.000 hectáreas han ardido en España este año, un impacto que representa cuatro de cada diez hectáreas quemadas en toda Europa, según los datos del sistema de mediciones Copernicus. El fuego de Ávila se posicionó como el más grave del país desde que existen registros tras superar las 77.000 hectáreas.
En Andalucía, el impacto quedó marcado principalmente por dos grandes focos. Por un lado, el incendio iniciado en Los Gallardos, en Almería, se convirtió en el más mortífero en lo que va de siglo tras costar la vida a 15 personas. Por otro lado, el fuego originado en Niebla, Huelva, se situó tras el histórico incendio de Riotinto en 2004 —que quemó unas 34.000 hectáreas— como el segundo más grave por extensión en la región, volviendo a convertir al pequeño municipio de Berrocal en zona cero tras arder aproximadamente la mitad de su término municipal.
El fuego se dio por extinguido tras 15 días de lucha ininterrumpida en los que nadie en Berrocal escapó de sus efectos. La tragedia ha afectado directamente al motor económico de la localidad, la Cooperativa Corchera San José —la única de su tipo en Andalucía—, hoy abocada a la inactividad por la pérdida de los alcornoques.
Según explica Juan Ramón García Bermejo, de la Cooperativa Corchera San José, "el día que estuvimos evacuados pude ver la finca y me desmoralizó completamente. Una de las que me tocó de mi padre es un paisaje lunar, no hay nada. Y en la otra, que era la joya de la corona de la familia porque mi padre había empleado bastante trabajo plantando alcornoques nuevos, solo queda un tercio o menos; cuando fui a verla estuve llorando incluso". Añade además que "teníamos cuatro hermanos y hemos estudiado carreras universitarias gracias al corcho. Por lo menos un 30 o 40 por ciento del término daba todavía corcho; aunque fuera esa media de 96.000 a 100.000 kilos, algo era".
El Ayuntamiento de Berrocal intenta mirar al horizonte apoyándose en proyectos como la creación del futuro centro de interpretación para recuperar la economía local. Sin embargo, desde la alcaldía, Ángel Luis Romero remarca la gran diferencia existente entre las cifras de los boletines oficiales y la realidad que se vive a pie de monte, señalando que "realmente nos ha afectado a todos y prácticamente a la totalidad del territorio. La Junta de Andalucía da un dato de una afectación de un 62 o 63 por ciento, pero nosotros particularmente pensamos que están muy por encima, porque estando en el territorio ves que se escapan muy pocas partes". Romero concluye que "los problemas de la gente tienen más complejidad que lo que se publica en el BOJA o en el BOE. Desde el Ayuntamiento de Berrocal lo que se pide sobre todo es que nos den futuro, que entre todos trabajemos y construyamos un futuro para que dentro de diez años haya niños en estas calles. Dentro del término municipal tenemos entre cuatro y cinco mil hectáreas propiedad de empresas madereras, con eucalipto en muchos casos totalmente abandonado de hace 60 o 70 años porque ya no son productivos".
Los vecinos jubilados de la zona, que han visto calcinados sus huertos y medios de autoconsumo, reclaman medidas urgentes contra la despoblación para garantizar la supervivencia de municipios con milenios de historia. Juan Garrido, de la plataforma Fuegos Nunca Más, relata que "soy un maestro jubilado, he vivido siempre en Berrocal y he trabajado en Riotinto. Tenía tres huertos con tomates y árboles frutales que se me han quemado todos. Berrocal tenía todos los deberes hechos: contaba con plan de ordenación, plan de prevención y planes de autoprotección, y otra vez nos han quemado". Garrido hace hincapié en que "si las zonas rurales no tienen medios, se abandonan. Y yo siempre digo que cada vez que un pueblo desaparece es una ventana que le cerramos al mundo. Este municipio tiene documentados 5.000 años de historia; si hemos sido capaces en cinco milenios de vivir aquí, ¿por qué no vamos a ser capaces de hacerlo ahora y en el futuro con todos los recursos y el conocimiento que tenemos?".
Si en el extremo occidental fue donde más superficie se perdió, en el oriental el incendio forestal de Los Gallardos arrebató quince vidas. La mayoría de las víctimas mortales eran ciudadanos extranjeros que habían encontrado en este rincón de Almería un lugar donde retirarse en tranquilidad. Tres meses después, en la barriada de La Serena —a tres kilómetros del casco urbano de Bédar—, los vecinos intentan reconstruir sus casas y su rutina.
Luis J. Cervera, vecino de Bédar, explica que "en cualquier casa que compras siempre necesitas arreglar unas cuantas cositas. El mismo día del incendio por la mañana hice el último pago de esos arreglos y por la tarde se me quemó todo. Por tres días no tenía póliza de seguros". Recuerda con tristeza que se pierden "bienes, recuerdos, cosas irreemplazables: un pueblo se puede reemplazar, pero el cuaderno de recetas que me escribió mi madre no. Se me quemó toda la ropa, aunque al día siguiente ya tenía dos bolsas llenas. Y no me voy de aquí por la gente; en Bédar más del 50% de la población censada son de nacionalidad británica, con lo cual dentro de poco voy a tener un inglés perfecto".
La composición social de esta zona rural se caracteriza por una amplia diversidad internacional que ha ido rehabilitando antiguas viviendas en ruinas, en un entorno de relieve complejo y población dispersa que acabó convirtiéndose en una trampa mortal durante las evacuaciones en vehículo. Stuart Turvey, vecino británico de Bédar, recuerda que "hace 30 años la zona era muy diferente, era un pueblo de españoles trabajadores del campo y había muchos edificios en ruinas. Desde ese tiempo, muchos extranjeros —daneses, ingleses, holandeses, franceses o portugueses— han comprado esas ruinas. En La Serena hay solo 30 o 40 casas, pero el otro día conté 11 nacionalidades".
Frente a la nueva era de grandes incendios forestales, los expertos destacan que la velocidad del cambio climático y la acumulación de biomasa homogénea superan la capacidad de adaptación natural del ecosistema mediterráneo. Lorena Gómez Aparicio, investigadora científica del CSIC, expone que "nuestros sistemas forestales han evolucionado con el fuego durante millones de años y lo conocen. Para lo que no están tan preparados es para el incremento tan rápido de temperaturas en combinación con sequías cada vez más prolongadas y olas de calor extremas. En Andalucía el verano se está comiendo más a la primavera y al otoño. Esta combinación de factores supone un desafío para los árboles, cuya capacidad de adaptación es mucho más lenta que la velocidad a la que cambia el clima. La estrategia a largo plazo tiene que ser crear paisajes que puedan convivir con el fuego mediante herramientas de gestión como disminuir densidades, aumentar diversidad, crear paisajes mosaico y recuperar usos tradicionales".
Asimismo, Gómez Aparicio remarca que "lo más importante tras un incendio es evaluar los daños y la capacidad que tiene el sistema para recuperarse por sí mismo, porque nuestras especies mediterráneas tienen adaptaciones muy buenas. No se trata tanto de si debemos intervenir más o menos, sino intervenir mejor basándonos en la evidencia científica y adaptando siempre la gestión a las características socioeconómicas y ecológicas concretas del sitio. El problema no es la especie en sí, como el eucalipto o el pino, sino la presencia de masas forestales densas y homogéneas".
En respuesta a esta problemática, la nueva Ley de Montes de Andalucía —en vigor desde esta pasada primavera— busca actualizar la normativa regional ante los retos del cambio climático. Según apunta la propia investigadora Lorena Gómez Aparicio, "esta nueva ley supone adaptar la normativa a los grandes desafíos que tenemos hoy en día. Centra su atención en la importancia de adaptar y mitigar el cambio climático mediante la gestión de nuestras masas forestales. Creo que es una ley moderna adaptada al conocimiento actual".
Desde el sector forestal y la gestión técnica privada se resalta la necesidad de dotar de presupuestos reales a la prevención frente al elevado coste económico y ecológico de la extinción. María Llanos García López, presidenta de la Asociación Forestal de Andalucía, aclara que "el Gobierno tiene que hacer una apuesta importante dotando de medios para que esa ley llegue a los particulares. La administración debe controlar la gestión que se hace en los montes, tanto públicos como privados, porque son bienes de interés común, pero no tiene que ser algo prohibitivo o restrictivo que sea una carga o una rémora para el propietario. Los incendios son muy espectaculares y ganan muchos titulares, pero la gestión forestal no. Aunque sea mucho más rentable económicamente y para la población rural, está visto que gestionar una hectárea de monte cuesta entre 1.000 y 3.000 euros, mientras que apagar un incendio en una hectárea de monte cuesta entre 10.000 y 19.000 euros". Añade además que "es desolador volver a Riotinto. Desde 2004 la Junta de Andalucía ha estado trabajando en la recuperación de ese espacio haciendo repoblaciones y tratamientos, y todo eso se ha perdido. Volvemos a tener el mismo escenario, o peor si cabe, que en 2004".
El éxodo de la juventud y el envejecimiento de la población rural complican las labores tradicionales de mantenimiento del monte. Sin embargo, mientras los vecinos caminan por paisajes calcinados que apenas reconocen, la propia vegetación autóctona comienza a mostrar signos rebeldes de regeneración. Un brote verde asomando de la corteza de un alcornoque recuerda que, aunque el fuego se apague en cuestión de semanas, volver a echar raíces es un proceso que requerirá años de esfuerzo conjunto.