La maquinista del Iryo avisó hasta cuatro veces al control de Atocha, sin respuesta
caja negra
Según las grabaciones de la caja negra, que publica el Diario "El Mundo", el tren detenido en Urda se desplazó hasta alcanzar una velocidad de 47 kilómetros por hora en solo tres segundos, debido a la violencia del impacto.
Novedades en el accidente ferroviario de Toledo, del que se van conociendo más detalles. Según publica el diario "El Mundo", la caja negra del tren Iryo revela que la maquinista avisó hasta cuatro veces al centro de control de Atocha sin recibir respuesta antes del choque mortal que costó la vida a 69 personas.
Los datos permiten reconstruir con precisión la secuencia del siniestro. Según las grabaciones, el choque se produjo exactamente a las 8:53 de la mañana. También se refleja la violencia del impacto: el tren, de casi 500 toneladas y que se encontraba parado, se desplazó hasta alcanzar una velocidad de 47 kilómetros por hora en solo tres segundos, y no quedó completamente detenido hasta 9 segundos después del impacto.
Los registros permiten además reconstruir los minutos previos al accidente. El Iryo se detuvo a las 8:38 a la entrada de la estación de Urda tras sufrir una pérdida total de transmisión del sistema de señalización LZB. La maquinista trató de comunicar la avería al centro de control de Atocha hasta en cuatro ocasiones, pero no obtuvo respuesta.
Finalmente, consiguió restablecer el contacto y recibió instrucciones para desconectar y volver a conectar el sistema mediante un telefonema. La conductora lo intentó en dos ocasiones sin conseguirlo. Dos minutos antes de la colisión, la maquinista solicitó asistencia al departamento de mantenimiento. Tras el impacto, comunicó que el tren había recibido un golpe y que varios vagones habían descarrilado.
Tras este accidente, la Autoridad Independiente para la Investigación Técnica de Accidentes Ferroviarios ha emitido varias recomendaciones. Entre ellas destaca la implantación provisional en la alta velocidad de la marcha a la vista; es decir, adaptar la velocidad a la distancia de vía que el maquinista pueda vislumbrar desde la cabina, con el objetivo de poder detener el tren ante cualquier imprevisto en la vía.