LOS REPORTEROS
Rocío, la luz que no cesa
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El próximo lunes se cumplen veinte años de la muerte de Rocío Jurado, “la más grande”. La voz de la chipionera abarcó todos los registros y dejó canciones que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Su forma de interpretarlas, su manera de vestir sobre el escenario y su actitud ante la vida —incluso en los peores momentos— retratan a una mujer de profundas convicciones y adelantada a su tiempo.
“Rocío Jurado para mí no va a salir otra igual”, asegura Maribel, una admiradora que todavía recuerda la noche en la que la vio actuar en el teatro Tívoli. “Le tiró a mi marido un clavel en primera fila y aquello fue un éxito que no olvidaré en mi vida. Sigue siendo, aun sin estar, la mejor”. A su lado, otra amiga asiente: “Es que tocaba todos los palos. Como ella no va a salir otra”.
Cada uno siente suya una canción de Rocío Jurado. Para María, Loli, Nati y Maribel siempre será “Qué no daría yo”. La cantaron espontáneamente al volver de la Velá de Triana. Alguien grabó el momento y lo subió a redes sociales. El vídeo se hizo viral y acumuló millones de visualizaciones. Meses después, ellas mismas abrieron la gala de entrega de medallas y distinciones del Día de Andalucía como homenaje a la artista.
Y hay que ser muy grande para que, veinte años después de su muerte, siga tan presente. En la memoria de quienes la conocieron y en la de quienes nunca llegaron a verla en persona.
“Más grande como artista no se puede ser, pero como persona se la iguala”, resumen los diseñadores Victorio y Lucchino, amigos cercanos de la cantante.
La periodista y biógrafa Marina Bernal destaca que “a día de hoy, veinte años después, ella sigue recibiendo ese amor que fue dando por todo el mundo”.
También las nuevas generaciones la sienten cercana. La cantante y actriz Cristina Lora, ganadora de la última edición de Operación Triunfo, asegura que “la admiro mucho y me ha gustado siempre no solo como músico, como persona”.
La cantaora y docente Laura Vital habla de ella casi en términos emocionales: “Tenía una luz que inundaba”.
En Chipiona, la presencia de Rocío Jurado sigue intacta. Su voz suena en las calles, en la radio, en el santuario de Regla y junto al mar que marcó su vida. “Es imposible disociar Chipiona y Rocío Jurado. Rocío Jurado y Chipiona”, afirma Marina Bernal. “Fue y seguirá siendo para toda la eternidad la mejor embajadora que ha tenido esta localidad gaditana”.
Bernal recuerda cómo la artista se marchó muy joven a Madrid, todavía menor de edad, para trabajar en los tablaos flamencos. “Cantó con ocho años en un espectáculo del colegio, pero aquella afición hizo que, apoyada por amigos chipioneros, se presentara a concursos de radio, que entonces eran la plataforma de salida de los artistas emergentes. Y empezó a ganar todos los premios”.
Su carrera se construyó desde la copla y el flamenco, géneros que respiró desde niña. “Su madre era una gran apasionada de la copla y su padre cantaba muy bien flamenco”, explica Marina Bernal. “Esos fueron sus primeros géneros y de los que vivió”.
La huella de Rocío llega hasta artistas que nacieron después de su muerte. Cristina Lora tenía apenas unos meses cuando falleció la cantante, pero la considera un referente absoluto.
“Es un icono y una referencia no solo musical, también social”, sostiene la artista sevillana. “Era una persona superabierta de mente. He visto muchísimas entrevistas hablando abiertamente del colectivo LGTBI y de muchos temas. Incluso fue un icono feminista para la época”.
Lora reivindica además el orgullo andaluz que Rocío Jurado representó durante toda su carrera. “Yo lo que quiero es estar en mi casa, aquí está mi gente”, explica. “Y como Andalucía está tan bien comunicada puedo ir a grabar y volver. Aquí también hay muchas cosas que hacer”.
La cantaora Laura Vital considera que Rocío Jurado “era flamenca en su talante, en su manera de entender la música, en esa verdad que tenía”. Y añade: “No solo cantaba, contaba. Era una loba salvaje y tenía esa impronta de tanta verdad que tiene el flamenco”.
Vital, primera profesora de cante flamenco en un conservatorio público andaluz, cree que la artista debe seguir siendo “un referente de mujer valiente y luchadora”. Y no duda al hablar de una de sus interpretaciones más emblemáticas: “La versión de Rocío Jurado del himno de Andalucía no se ha superado ni se va a superar”.
La carrera de la chipionera dio un salto internacional cuando conoció al compositor Manuel Alejandro. “En los años ochenta graba aquel disco Señora, que le abre las puertas de América”, recuerda Marina Bernal. “Ahí descubre el mundo de la balada, aunque siguió evolucionando constantemente porque amaba el jazz, el gospel, la zarzuela y la ópera”.
Su voz quedó registrada en 33 álbumes entre discos originales, recopilatorios y trabajos póstumos, con más de dieciséis millones de copias vendidas. También desarrolló una intensa carrera cinematográfica, con siete películas, un documental y una producción para televisión.
Una de las más especiales fue Lola se va a los puertos, dirigida por Josefina Molina. “Rocío Jurado puso como condición que tenía que grabar escenas en su tierra natal”, cuenta Marina Bernal. “Y esta película fue muy importante para ella porque supuso su consagración como actriz”.
Pero Rocío Jurado no solo rompió moldes por su voz. También lo hizo por su actitud y su forma de presentarse ante el mundo.
“Adelantada a su tiempo, generosa al máximo, amiga de sus amigos”, la describen Victorio y Lucchino. Los diseñadores recuerdan cómo revolucionó el vestuario escénico femenino en España. “Fue muy adelantada y se atrevió incluso a que la censuraran por su desparpajo y su forma de vestir”.
Y añaden: “A través de sus canciones reivindicaba muchísimo a la mujer. Ya no era la mujer mártir de las canciones folclóricas clásicas. Ella defendía que la mujer tenía criterio propio y podía seguir adelante si una relación no funcionaba”.
Para ellos, además de una estrella, fue una amiga profundamente sensible. “Te miraba y te captaba”, recuerdan. “Era muy profunda y eso lo daba la hipersensibilidad que tenía”.
Con emoción evocan una escena cotidiana convertida hoy en recuerdo imborrable. Durante una prueba de vestuario, Rocío Jurado salió a una callejuela sevillana y comenzó a cantar Callejuela sin salida a pleno pulmón. “Todos los vecinos se asomaban”, cuentan entre risas. “Y cuando terminó dijo: ‘Ea, para que se queden aquí las vibraciones de Rocío Jurado’”.
La artista también rompió silencios fuera de los escenarios. Marina Bernal cree que fue “de las primeras personas en pronunciar la palabra cáncer sin ningún miedo”. Lo hizo públicamente y desde su propia casa, convocando una rueda de prensa en septiembre de 2004.
La periodista subraya además la profunda religiosidad de la cantante. “Era una mujer de mucha fe y el santuario de Regla era su lugar”, explica. “Cada vez que volvía a Chipiona, su punto de entrada era saludar a su Virgen Morenita”.
Rocío Jurado murió en Madrid en la madrugada del 1 de junio de 2006. Horas después, sus restos fueron trasladados a Chipiona, donde miles de personas acudieron a despedirse.
“Cuando llegó al santuario de Regla”, recuerda Marina Bernal, “se rompió un fortísimo aplauso. Sus familiares comenzaron a llorar ante aquella demostración de cariño”. Más de diez mil personas pasaron por la capilla ardiente instalada durante toda la noche. “No sorprende”, concluye Bernal, “porque Rocío fue regalando cariño y amor durante toda su vida”.
Veinte años después, sus canciones siguen formando parte de la memoria emocional de varias generaciones. Suenan en una velá de Triana, en una reunión familiar o en cualquier momento en el que haya que destapar emociones.
Eso tienen los grandes artistas: son eternos. Y Rocío Jurado, “la más grande”, sigue siendo una luz que no cesa.
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