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LA VOZ DE VIGORRA
Cuando alguien del equipo anunció la vuelta de los autocines, algo que nunca funcionó en este país ni fue negocio boyante, -prueba de ello es que ninguno quedaba en activo y en Andalucía no sé si alguna vez existió alguno-, pensé que más que vuelta al cineauto a mí me parecía regreso a la época de los Picapiedras, que siempre veían el cine desde el troncomóvil. Los exhibidores, locos por coger una perra, están dispuestos a experimentar con lo que sea y así convertirán un lugar de culto como el cine en un aparcamiento de ocio donde la gente pierde movilidad y gana peso, pues el picnic es fundamental en esta práctica. Así, cada vez estaremos más aislados, más frustrados y entonces vendrán los problemas de claustrofobia y soledad, que mata más que el coronavirus.
Cuando empezó el encierro y nos recluyeron en casa con el cuento del teletrabajo hubo quien encontró divertido eso de saltar de la cama a la pantalla sin lavarse la cara ni quitarse el pijama. Han pasado ya dos meses y vemos que el teletrabajo fue algo supuestamente divertido, la conciliación familiar se hace imposible y las dependencias de la casa se han dispuesto a modo de oficina. Y qué decir de la persistente vigilancia del jefe por la pantalla o por el móvil. Medidores de esta práctica durante la pandemia, tan favorable a la empresa que ahorra luz, agua, limpieza, desplazamiento y toner, dicen que los telebrajadores "teletrabajan", de media, dos horas más que cuando iban a la oficina. Haciendo cuentas, no es extraño que ya nos estén largando las bondades del sistema y que este ha venido para quedarse. Qué negocio tan redondo, poner el ordenador, el salón comedor y hasta la cama.
Así como lo del autocine me recuerda a los Picapiedras, esto del teletrabajo me lleva a la niñez en mi pueblo donde muchos artesanos, costureras y obreros trabajaban en su casa y luego el fruto de su trabajo lo llevaban impecable al patrón que pagaba a tanto la pieza. Sin pagar seguros, ni vacaciones, ni calefacción. No nos cuenten más cuentos, que lo del teletrabajo puede ser una salida de emergencia pero no una solución que aisla al currela, lo controla las 24 y desactiva la fuerza del grupo. Estamos muy celosos con los dos metros de separación social, pero será mucho mayor la distancia cuando quedemos confinados y apantallados a perpetuidad en la oficina de nuestra casa.
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