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Este diseño evolutivo hace que el cerebro sea especialmente sensible a la imprevisibilidad. Situaciones modernas como una evaluación laboral, un plazo académico o el temor a equivocarse activan circuitos neuronales similares a los que se encendían ante amenazas físicas reales en el pasado, generando una respuesta de alerta constante. Ante una sobrecarga emocional, el cerebro busca salidas inmediatas que le resulten manejables. Morderse las uñas actúa como una válvula de escape, al provocar un estímulo físico concreto, limitado y predecible. Heriot-Maitland describe este proceso como una forma de “explosión controlada” que permite desviar la atención del malestar abstracto.
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