"La Batalla de Florencia"

 

Manuel Ladrón de Guevara 13 June 2020

Daniel Passarella, capitán de la albiceleste que levantó la Copa del Mundo en 1978, la de los generales, era un defensa tan inteligente como duro. Pronunció una vez una de las frases más bárbaras y geniales que le escuché jamás a un jugador de fútbol: “yo pegaba por placer, no como esos mediocres que pegan por necesidad…”. En la historia que les propongo hubo dos equipos que se pegaron hasta hartarse, más que en ningún otro partido de fútbol del que se guarda memoria. Sus protagonistas fueron las selecciones de Italia y España, y pasó a la historia como “La batalla de Florencia”.

En mayo de 1934 Europa sufría las contracciones de un parto difícil. Nadie sabía si la criatura en gestación sería fascismo, comunismo o democracia. En España padecíamos el “bienio negro” republicano, una coalición que contaba con el apoyo de los radicales de Lerroux y la CEDA de Gil Robles. En el horizonte cercano sonaban tambores de guerra: la revolución de Asturias, ensayo general de la barbarie incivil que estaba por llegar. En Mayo de aquel año arrancó en Italia, la Italia fascista que pilotaba con mano de hierro Benito Mussolini desde 1923, la segunda edición de la Copa del Mundo de fútbol. Participaron dieciséis países, España entre ellos. Fue nuestra primera aparición en un Mundial, y acudimos a la cita con un equipo formidable: allí estaban “el divino” Ricardo Zamora –el mejor portero del mundo entonces- , Quincoces, Ciriaco, Luis Regueiro y el gran Isidro Lángara; había dos jugadores del Sevilla, Fede y Guillermo Campanal, y uno del Betis, Simón Lecue, que había tenido el honor de marcar el primer gol de la historia que se vio en Andalucía en Primera División. Viajó también Guillermo Eizaguirre, portero del Sevilla, si bien éste no formaba parte de los convocados porque se había roto un brazo semanas antes.

España debutó en los Mundiales de fútbol el 27 de mayo de 1934 en el Estadio Luigi Ferraris de Génova, contra Brasil. Y ganamos, por 3-1, con un gol de Iraragorri –el chato de Galdácano le llamaban- y dos de Lángara. Zamora tuvo el honor de convertirse en el primer portero que detuvo un penalti en la historia de los mundiales: se lo paró a la gran estrella brasileña, Leónidas. El vencedor de este partido se iba a cruzar en cuartos con el ganador del Italia-EEUU, resuelto con facilidad por los italianos por 7-1.

Para reforzar a la “azzurri” en su Mundial, el tío Benito había inventado los oriundi”, jugadores de toda sudamérica con antepasados o apellidos italianos. En la escuadra formada por Vitorio Pozzo encontramos aLuisito Monti, que cuatro años antes había jugado y perdido la final de Montevideo con Argentina, Raimundo “Mumo” Orsi, uno de los mejores extremos de la época, y Atilio Demaría. La reglamentación de la época permitía cambiar de selección con un lapso de tres años. La FIFA hizo la vista gorda para que Orsi y Demaría pudieran jugar con Italia. Italia y España se enfrentaron por vez primera en un Mundial el 31 de mayo de 1934 en el estadio Giovanni Berta de Florencia. Aquel fue el primer Mundial retransmitido por la radio, y en nuestro país se siguió de forma apasionada la narración de Fuertes Peralba, así como las crónicas posteriores del enviado del diario ABC, Fielpeña. Este último nos dejó un retrato magnífico de aquel Mundial en un libro raro hoy de encontrar: “Los 60 partidos de la Selección Española de Fútbol”, publicado en 1941. De él extraigo la mayoría de detalles de aquella remota historia.

El partido fue una brutalidad, una masacre en la que los italianos, liderados por “dobleancho” Monti pegaron lo que quisieron con el consentimiento del árbitro belga Baert. Los españoles no se arrugaron, y el sevillista Fede le partió la pierna de una patada a un adversario. “La batalla de Florencia” terminó con empate a uno, con goles de Luis Regueiro y de Ferrari. Para deshacer la igualada se jugó otro partido al día siguiente, en el mismo escenario. El parte de guerra era desolador: siete españoles –Zamora, con un ojo cerrado y dos costillas rotas, Fede, Iraragorri y Lángara entre ellos- no pudieron jugar; del lado italiano hubo cuatro bajas. Ganó Italia, gracias a un gol de Giusseppe Meazza, y a la connivencia del arbitro, el suizo Mercet, que consintió la brutalidad continuada de Monti y que le anuló un gol legal al gran Guillermo Campanal.

En España se recibió como héroes a aquellos jugadores, que fueron condecorados por el presidente de la República, el cordobés de Priego Niceto Alcalá Zamora. Italia se deshizo posteriormente en semifinales del mejor equipo del momento, el “Wunderteam” austriaco, y de Checoslovaquia en la final. Mussolini ya tenía su Mundial.

 A los jugadores españoles les aguardaba un desgarro mucho mayor, la incivil guerra que padeció nuestro país los enfrentó no en el campo de juego, sino en las trincheras. Compañeros del alma de aquella aventura italiana lucharon en bandos irreconciliables: Jacinto Quincoces, el mejor defensa de aquel Mundial, y Guillermo Eizaguirre, en el nacional; como el seleccionador, Amadeo García Salazar, que fue el encargado de dirigir la primera selección del bando franquista. Con la República se alinearon hasta el exilio final los hermanos Regueiro, Vantolrá e Isidro Lángara. Caso especial fue el de Ricardo Zamora, que tras ser encarcelado logró escapar del Madrid republicano… para ser represaliado posteriormente también por los franquistas.

Cuatro años más tarde, mientras en Francia se disputaba la tercera Copa del Mundo, los españoles practicábamos ese otro deporte nacional que tan bien se nos da: imponer nuestra opinión a tiros.

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