Francisco Romero, trasplantado de hígado: "Mi vida ha cambiado por completo"
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Hay quienes nacen con una enfermedad y pasan gran parte de su vida entre hospitales, tratamientos e incertidumbre. En muchos casos, un trasplante pone fin a ese largo camino y les abre la puerta a una vida nueva.
Para las personas que padecen enfermedades crónicas desde la infancia, la rutina médica se traduce a menudo en décadas de controles, hospitalizaciones e incertidumbre. En esos escenarios, la llegada de un trasplante representa un punto de inflexión capaz de transformar de forma radical la calidad de vida y las expectativas de futuro de los pacientes.
Así lo atestigua el testimonio de Francisco Romero, trasplantado de hígado. Diagnosticado de hepatitis B desde su nacimiento, tuvo seguimiento médico de forma periódica cada seis meses durante años hasta que el deterioro de su salud derivó en la aparición de un hepatocarcinoma. Tras ocho meses en lista de espera, la intervención quirúrgica permitió frenar el avance de la patología y revertir las limitaciones físicas que condicionaban su día a día.
"Mi vida ha cambiado por completo. Ya las piernas no las tengo tan hinchadas, no me ahogo al hablar y ya puedo andar", relata el paciente, quien destaca el impacto de recuperar la movilidad cotidiana tras haber tenido que abandonar aficiones como el deporte. "Me quitaron de correr, que a mí me gustaba, y ya no corría. Estoy deseando que el médico me diga que ya puedo volver a hacerlo".
El proceso de rehabilitación y la recuperación del bienestar funcional suscitan una profunda gratitud hacia las familias donantes y los equipos médicos. El testimonio subraya el valor ético y social de la donación altruista como una cadena de solidaridad de la que dependen miles de enfermos en situación crítica.
"Todos los días que me levanto le doy las gracias a mi donante y a todos los donantes del mundo. Deberíamos de donar, porque en la vida depende de nosotros que otra persona pueda seguir adelante", concluye.