"Adamuz, el último tren", el testimonio de resistencia de una superviviente

tragedia ferroviaria

La joven onubense Elena Fragío, de 28 años, estuvo 103 días inmovilizada en una cama. Lo que comenzó como un modo de ordenar recuerdos y trauma se convirtió en una publicación para dar voz a quienes vivieron la tragedia.

N2 ADAMUZ
15 jun 2026 - 09:49

"Adamuz, el último tren" es el relato de Elena Fragío, una joven onubense de 28 años superviviente del accidente ferroviario, en el que murieron 46 personas el 18 de enero. Esta licenciada en Criminología, regresaba a Huelva desde Madrid tras presentarse a unas oposiciones a funcionaria de prisiones cuando el tren en el que viajaba sufrió el siniestro. Las secuelas del accidente siguen marcando el día a día de Elena. Atrapada durante hora y media en el interior del vagón del Alvia, rodeada de hierros y oscuridad, asegura que hubo momentos en los que llegó a pensar que no saldría con vida. Sin embargo, entre el caos encontró gestos que nunca olvidará. "Estás peleando por tu vida y de repente alguien te agarra la mano”, dice.

El libro nació durante los 103 días que pasó inmovilizada en una cama. Lo que comenzó como un modo de ordenar recuerdos y trauma se convirtió en una publicación para dar voz a quienes vivieron la tragedia. "Fue una terapia, pero luego vi que aquello podía llegar un poco más lejos", recuerda. En sus páginas revive momentos de angustia y gestos de enorme humanidad. Elena lleva cicatrices en el cuerpo y el alma que no se borrarán. Y a ello suma la llamada culpa del superviviente: “Me siento culpable porque esas personas también tenían familias, proyectos, trabajos y sueños, como yo".

A pesar de las dificultades físicas y emocionales, asegura que el humor y sus ganas de vivir fueron las mejores armas para su recuperación: "La vida es muy bonita y hay que seguir adelante. Una forma de afrontar el dolor que impregna un libro marcado por la memoria, la superación y la esperanza. Elena Fragío cuenta que el accidente de Adamuz sigue en su cabeza en forma de gritos, de teléfonos móviles que no dejan de sonar y de una presión constante que todavía la despierta sobresaltada.

Elena volvía de Madrid a Huelva tras presentarse a unas oposiciones a funcionaria de prisiones, el sueño que había perseguido durante mucho tiempo. Hoy sabe que las secuelas físicas que le ha dejado el accidente le impedirán ejercer esa profesión. La joven, que viajaba en el vagón 1 del Alvia que cayó a un terraplén tras chocar con un tren de alta velocidad, permaneció atrapada en el interior durante una hora y media. “No veía nada, la oscuridad era absoluta”, rememora. Tampoco escuchaba con claridad. El impacto le había perforado el tímpano y un pitido constante dominaba cualquier otro sonido. "Intentaba ubicarme tocando todo lo que tenía alrededor -relata- pero solo encontraba hierro y cristal". Comenzó a percatarse de las múltiples heridas que sufría, sentía correr la sangre por el rostro y las piernas y algo más difícil de describir: "el miedo a morir".

Entonces, una chica la agarró y le preguntó si estaba viva, y ahí fue cuando Elena dejó de pensar que era un sueño: aquel primer contacto "nos sirvió a las dos, dejamos de sentirnos solas". También recuerda cómo muchos pasajeros "corrían hacia el caos" para intentar ayudar y cómo, al ver a un compañero de academia iluminado por una linterna tras una hora y media de oscuridad absoluta, gritó su nombre. Fue arrastrada fuera del vagón, pero sus piernas ya no respondían. Desde el exterior observó cómo improvisaban camillas utilizando los asientos arrancados del tren para trasladar a los heridos. Ahora, muestra su admiración hacia esas personas porque "en medio de todo aquello todavía eran capaces de pensar cómo ayudar a los demás".

También recuerda a un hombre con un chaquetón amarillo que le prestó su teléfono móvil para llamar a sus padres y decirles algo fundamental: que seguía viva. Tras horas de carretera desde Huelva, su padre consiguió llegar a la camilla en la que era evacuada al hospital, pero no logró reconocerla porque tenía el rostro cubierto de sangre, inflamado por los golpes y estaba cubierta con mantas térmicas. “Fátima, no es Elena”, llegó a decirle su padre a su madre.

LAS SECUELAS

Elena ha perdido un 40 % de audición en ambos oídos de forma irreversible. Además, lleva varios tornillos y clavos en la pelvis y el sacro que condicionarán su movilidad futura. La cicatriz que atraviesa su rostro, de nueve centímetros, constituye otra de las heridas más visibles."A mí me han quitado hasta mi cara", afirma. Todavía hoy le cuesta mirarse al espejo y durante mucho tiempo fue incapaz de retirar las tiras que cubren la cicatriz. Cuando camina por la calle siente que los demás la observan, aunque sabe que es una percepción nacida del trauma. Como superviviente el accidente, reconoce que no sabe si fue "suerte, un milagro o que no era mi destino, pero la culpa no se va", dice cuando recuerda que los fallecidos "tenían familias, proyectos, trabajos y sueños, como yo". 

Durante su ingreso hospitalario, esta culpa llegó a manifestarse en detalles cotidianos como cortarse el pelo por encima de los hombros porque se lo había manchado con sangre que no era suya y aquello le “hacía sentir todavía más culpable". A pesar de todo, Elena insiste en que su herramienta principal para superar el dolor y el trauma ha sido el humor. En la Unidad de Cuidados Intensivos, cuando le preguntaban cómo estaba contestaba con ironía: "como si me hubiera atropellado un tren".

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