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Selección

Una camisa amarilla, una boda en Jerez y algunas historias de la selección

 

22/03/2019

Manuel Ladrón de Guevara


Una historia de 
Manuel Ladrón de Guevara

 

 

¿En qué se parece el futbol a Dios?”, se pregunta Eduardo Galeano, y él mismo responde: “En la devoción de los creyentes y en la desconfianza de los intelectuales”. Los intelectuales siempre miraron al fútbol un poco por encima del hombro. Pero en la mayoría de los casos no es más que una impostura. En su libro de crónicas de fútbol, “Salvajes y sentimentales” el muy madridista Javier Marías cuenta una elocuente anécdota: “Vino la Real Sociedad a jugar a Chamartín, y allí coincidieron, cada uno por su cuenta y medio disfrazados para que nadie los reconociera, Elías Querejeta, Juan García Hortelano, Juan Benet y Javier Pradera. Al irse descubriendo todos se empeñaron en darse explicaciones...”

Si esto ha sido así con el fútbol de clubes, qué decir de la selección. Su identificación con el himno y la bandera "obligó" a toda una generación de intelectuales a renegar de ella. Pero no únicamente los intelectuales. España nunca fue, como Argentina o Brasil, un país apasionado por su selección. El primer Mundial que me tocó cubrir para Canal Sur fue Italia 90. Hasta allá nos fuimos un pequeño equipo -cámara, periodista y productor- para informar de la actualidad del equipo nacional. Recuerdo que el día en que íbamos a debutar, contra Uruguay en Udine, fuimos a buscar a nuestro compañero productor para marcharnos a ver el partido. Nos encontramos al hombre en pijama cómodamente instalado en la cama. Nos dijo que no venía, que prefería quedarse en el hotel. Ante nuestra extrañeza nos confesó, “es que a mí no me gusta el fútbol. Lo que me gusta es el Sevilla”. Y allí se quedó. En ese mismo Mundial, tras quedar apeados en octavos gracias a un lanzamiento de falta de Stojkoviv en Verona (sí, aquel en el que Michel quitó la cara), nos encontramos en las afueras del estadio a un aficionado español, bandera al cuello, muy sonriente, que excusaba así la sonrisa “yo es que soy del Betis y estoy acostumbrado a estas cosas...”.

En la década de los 90 tuve la fortuna de retransmitir para Canal Sur el Mundial de EEUU 94 y la Eurocopa de Inglaterra 96. Ambas competiciones, como el siguiente Mundial, Francia 98, tuvieron como denominador común lo entretenidas que eran las ruedas de prensa. Con Javier Clemente, había más entradas al tobillo en las entrevistas pre y post partido, que en el terreno de juego. Recuerdo que la primera vez que le hice una pregunta, una pregunta bastante intrascendente, se me quedó mirando fijamente y me preguntó a su vez para qué medio trabajaba. Tras contestarle que para Canal Sur, me respondió: “ creo que usted y yo no nos vamos a llevar bien”. Años más tarde, cuando fichó por el Betis, lo trajimos a Canal Sur para una entrevista. En maquillaje coincidió con mi compañero Antonio Bustos, y antes siquiera de saludarlo le espetó: "Que quede claro que no me gustan los periodistas". Marcando territorio. Lo cierto es que con Clemente, en Mundiales y Eurocopas, fuimos cayendo indefectiblemente en las primeras rondas: contra Italia en cuartos en EEUU 94, contra Inglaterra por penaltis en la Euro del 96. En Francia 98 no pasamos de la fase grupos. Algún compañero cuando lo recordamos todavía le reclama indignado a Clemente las dietas que hubo que devolver por su culpa.

En Francia 98 nos ocurrió una cosa en la que nada tuvo que ver Clemente. La selección se concentró en un precioso complejo en Chantilly. Una hermosura de sitio. Nuestro hotel quedaba cerca de allí, en ese precioso paraje del norte de Francia. Ahí terminaba la semejanza. Era un lugar siniestro, y empezamos a sospechar para qué se utilizaba antes del Mundial cuando comprobamos que casi todas las cerraduras de las habitaciones estaban reventadas. Al final hicimos buena amistad con los dueños y los trabajadores, que nos dieron un trato exquisito.

En uno de los directos en el hotel de la selección sucedió la anécdota que les cuento. Con todo preparado para el entrar en el informativo, aparece por la puerta del complejo un enorme trailer en el que se lee la leyenda “Galicia calidade”. Tras parar a unos metros de donde estábamos -yo dispuesto delante de la cámara para el directo- observo como uno de mis compañeros se dirige al conductor del camión y charla unos instantes con él. A continuación el camionero se pierde en la dentro del hotel, camino de la cafetería. En ese momento ese mismo compañero le hace una seña al resto del equipo. Se dirigen al camión y empiezan a bajar cajas y a meterlas en nuestra unidad móvil. Tras el directo me cuentan lo sucedido. Mi admirado compañero le dijo al camionero, completamente en broma, algo así: “amigo, regálanos algo, que llevamos tres semanas sin comer comida española”, a lo que aquel bendito varón español respondió completamente en serio: “Yo vengo del tirón desde Galicia y me voy a tomar algo. En el tiempo que esté dentro, lo que saquéis, para vosotros”. Aquella noche comprobamos que Galicia tiene de verdad mucha, mucha “calidade”.

Diez años pasaron hasta la Eurocopa de Austria y Suiza, de tan feliz recuerdo. España se concentró durante la primera fase en los Alpes, cerca de Innsbruck. Nosotros nos alojábamos en la ciudad, y subíamos cada día a hacer el trabajo y los directos al lugar de concentración de la selección. Un día, recién finalizada la conexión con nuestros informativos, me suena el teléfono móvil. Era mi compañero, paisano y querido amigo David Gallardo. Estaba con Luis Lara -el “comandante Lara”- en la boda de un icono de xerecismo, Jesús Mendoza. La conversación -el monólogo más exactamente- fue algo parecido a esto: “Manué, Manué, Manué, escucha que te diga, a ti quién coño te ha dicho que te pongas una camisa amarilla para salir en la tele...”.

Aunque por motivos diferentes a David y al comandante Lara les gustaba tan poco el amarillo como a don Luis Aragonés.

Pues a pesar de la camisa, ganamos aquella Eurocopa.

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