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los reporteros
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El primer contagio en España se produjo el 31 de enero

En España el primer positivo se confirmó el 31 de enero.

El 24 de febrero, la Organización Mundial de la Salud pide al mundo que se prepare para una potencial pandemia.

El 9 de marzo es un lunes negro en las bolsas mundiales por la caída en un 25 % del precio del petróleo.

23 May 2020

Son las imágenes que todo el mundo desea ver. China vuelve poco a poco a la normalidad. A una nueva normalidad, con mascarillas. Con saludos, pero sin contacto físico, se reanudan las actividades, el trabajo, las clases…

El país más poblado del mundo, 1.400 millones de habitantes, se había cerrado al exterior. En una extensa zona el confinamiento fue radical. Todo quedó paralizado. Ciudades enteras, desiertas, para hacer frente a un enemigo silencioso y letal.

La pesadilla empezó a finales de diciembre. Un virus, desconocido hasta entonces, se extendía por el centro del país, desde la ciudad de Wuhan. Ahora se va sabiendo que llevaba más tiempo circulando, semanas, meses tal vez.

El escenario cambia con gran rapidez en pocos días, con brotes descontrolados en Corea del Sur e Irán… Desde Europa la expansión del virus se empezaba a mirar con inquietud.

En España el primer positivo se confirmó el 31 de enero. Varios países detectaron también casos, todos importados desde el exterior. Sin embargo, en el norte de Italia los contagios empezaron a aumentar de manera exponencial. El corazón económico del país, Lombardía y Véneto, contaba cada día miles de enfermos y cientos de muertos…

Un adelanto de lo que estaba a punto de pasar en otros lugares. Y la confirmación de que la transmisión era ya local. Y de que era urgente tomar medidas.

El 24 de febrero, la Organización Mundial de la Salud pide al mundo que se prepare para una potencial pandemia.

El 9 de marzo es un lunes negro en las bolsas mundiales por la caída en un 25 % del precio del petróleo; y sobre todo por el temor a que el coronavirus provoque un colapso generalizado de la economía mundial.

Por primera vez en su historia, a mediados de marzo, la Unión Europea cierra sus fronteras. La industria turística es una de las que más acusa el golpe. En Grecia, por ejemplo, con amplias capas de la población empobrecidas por la última crisis financiera, el impacto es demoledor. Las zonas turísticas quedan desiertas y nadie es capaz de predecir cuándo volverán a verse las escenas hasta ahora habituales en todo el litoral mediterráneo.

En Francia, París y su área metropolitana también se quedan vacíos, sin visitantes y con la población recluida en sus casas. Con hospitales al borde del colapso y con miles de personas obligadas a recurrir a las ayudas sociales para poder comer.

Gran Bretaña se ha convertido, por encima de Italia y de España, en el país de Europa Occidental con más fallecidos. El primer ministro, Boris Johnson, negó la gravedad de la pandemia hasta que él mismo resultó contagiado. Después de pasar por la UCI y recuperarse con éxito, su gobierno decretó también la paralización de la actividad no esencial y el confinamiento de la población.

En abril Estados Unidos se convierte en el nuevo epicentro de la pandemia. En el país con más casos positivos detectados y con más fallecidos. La situación más dura se vive en Nueva York. Por primera vez en su historia el metro cierra de noche y anula muchos trayectos. La llegada de un gran buque hospital de la marina apenas alivia la situación sanitaria y es preciso abrir grandes fosas comunes para dar sepultura a los cadáveres.

La debacle económica se ensaña con los más débiles. En las 9 primeras semanas de crisis, 38 millones de estadounidenses han pedido la prestación del paro. Otros muchos ni siquiera tienen esa posibilidad. La controversia entre dar prioridad a la salud o a la economía aflora aquí con más fuerza que en otros lugares.

Mientras, el presidente Donald Trump, recomienda a sus compatriotas inyectarse desinfectante o someterse a rayos uva para combatir el virus… ante el estupor de sus asesores y la alarma de los científicos. Y aprovecha para atacar a China.

En Suramérica la transmisión del virus es notoria. Perú, México, Chile, Ecuador… y Brasil. Dos ministros de sanidad han dimitido ya. Los sanitarios imploran, sin mucho éxito, que la gente se quede en casa, mientras destacados responsables políticos se niegan a paralizar la actividad económica, empezando por el presidente Bolsonaro...

El virus aminora su ritmo de expansión en el hemisferio Norte. La inquietud se traslada ahora al Sur. En África se registra un leve pero imparable aumento de casos. Sudáfrica y Egipto encabezan las estadísticas, pero ningún país del continente está libre ya de coronavirus.

Han pasado al menos 5 meses desde que el patógeno empezó a circular entre humanos. En Italia, que durante largas semanas ha sido el país más castigado, empieza ya la llamada fase 2, un paso hacia la ansiada y todavía lejana vuelta a la normalidad. Aunque el gobierno reitera los ruegos para que se respeten las distancias y el uso de mascarilla.

En el caso de nuestros vecinos del Oeste, Portugal ha mantenido el virus a raya, en concreto en la raya fronteriza. El país ha registrado un nivel muy inferior de contagios y un grado muy alto de disciplina a la hora de quedarse en casa. Ahora, con la nueva fase de desescalada, la gente empieza a salir poco a poco a la calle. Comercios y cafeterías recuperan la actividad.

En otros lugares, como Suecia, no ha habido confinamiento y se ha pedido a los ciudadanos una actitud responsable, una estrategia de inciertos resultados.

Y en todos lados se contiene la respiración. El rebrote parece asegurado, lo que se desconoce en cuándo llegará y en qué medida golpeará. Estados Unidos lidera las críticas contra la Organización Mundial de la Salud, que otros países, como Francia, consideran imprescindible para una respuesta global y coordinada contra la pandemia.

La crisis del coronavirus nos dejará también otras imágenes que costará olvidar. Como los gráficos del vertiginoso descenso del tráfico aéreo. O los ritos de semana santa en el Vaticano, sin fieles; o los millones de musulmanes celebrando ramadán a puerta cerrada.

Tenemos pocas certezas sobre el futuro que nos espera. Las crisis pueden sacar lo peor o lo mejor de nosotros. Lo que sí es seguro es que esta pandemia está causando cicatrices que dejarán memoria en el mundo.

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