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LA VOZ DE VIGORRA

Ponen la moto o la bicicleta y, a veces, también la vida

JESUS VIGORRA 14 January 2020

Cada vez que derrapa un motorista repartiendo pizzas, o se estrella un ciclista corriendo para aumentar la comisión o se sale de la carretera una furgoneta express, da la casualidad de que el muerto es un trabajador subcontratado o un falso autónomo, y van cayendo como moscas.

El último, primero del año que acaba de empezar, un chico de Estepona de tan sólo 18 años que falleció el domingo por la noche mientras trabajaba como repartidor de comida en el municipio, al estamparse su motocicleta contra un banco de paseo. El joven trabaja para un plataforma de reparto de comida como «falso autónomo», en la que él asumía el coste de su seguro y aportaba su propia motocicleta con la que se mató.

Les llaman raiders, así como a las limpiadoras de pisos les llaman Kelis, porque los eufemismos van muy bien para tapar la precariedad laboral y la extorsión de los jóvenes que necesitan trabajar y se tiran a la calle a lo que sea.

Así está el mercado laboral en la sociedad del bienestar. Los sindicatos han convocado para este martes concentraciones en protesta por este siniestro, y los que vendrán mientras, se permitan estas prácticas abusivas y condiciones leoninas de contratación.

Mientras, ni los jueces se ponen de acuerdo dictando sentencias contradictorias a la hora de fijar si son o no autónomos los jóvenes de Glovo, Uber o Deliveroo. Trabajan como asalariados, pagan las cuotas de la seguridad social y ponen la moto o la bicileta y, a veces, también la vida.

Cada vez que salen estos emprendedores emergentes alardeando de sus imaginativas ideas de distribuir comida, bebida, reparto de paquetería y las más peregrinas iniciativas como llevar churros a la cama cuando está lloviendo o el papelón de pescado al chalet es para echarse a temblar, pues, como ahora en Estepona, son los veloces repartidores quienes hacen florecer sus ganancias para darnos servicios a domicilio las 24 horas y hacernos creer que somos ricos. Una realidad que todo el mundo ve pero en la que nadie se fija hasta que ocurre una catástrofe y llegan las lamentaciones, que durarán una mañana...porque todos somos culpables.

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