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El niño que quería ser Enrique Lora

Manuel Ladrón de Guevara 09/06/2019

Me aficioné al fútbol y a la radio a la vez. Los domingos por la tarde, en una aldea del sur profundo, tres niños guardaban los indios y los combois en su caja. Desde un viejo aparato de radio, remotas voces queridas y admiradas, convertían la pequeña habitación en todos los estadios de España. Allí imaginamos -vimos- goles maravillosos de Gento, Pírri, Rexach, Alfonseda, Marcial, Rogelio, Quino, Babi Acosta… Pero yo, de niño, siempre quise ser Enrique Lora.

Escuché su nombre por primera vez en la voz del gran Paco García Montes, Juan Tribuna, que de forma memorable lo bautizó como “el de las botas de siete leguas”. Toda una definición de estilo. Del futbolista y del periodista.

Nació Lora en un paisaje de luto y hambre: el campo andaluz de la posguerra. Huérfano de padre y escuela, con solo tres años recorría los campos de la Puebla del Rio para buscar lo que encontrara. “Yo he pasado mucha necesidad, mucha hambre” me confesó no hace mucho. El fútbol lo rescató de la miseria. Jugó once temporadas en el Sevilla, siempre con el siete a la espalda, y dos el el Recre. Con los dos ascendió a Primera División. Fue 14 veces internacional. Llegó a serlo incluso con el Sevilla en Segunda. Debutó con la roja (entonces nadie se hubiese atrevido a llamar así a la selección) en el Ramón Sanchez Pizjuán contra Alemania. Un periodista de Madrid que entonces empezaba, José María García, se atrevió a decir que su inclusión era “el impuesto” por jugar en Sevilla. Pero Lora hizo un partidazo, y el futuro butanito no tuvo más remedio que rectificar y reconocer que había sido “un impuesto de lujo”.

A Enrique Lora lo conocí hace algunos años con motivo de un reportaje para Canal Sur televisión. El pudor me impidió decirle que yo de niño había querido ser como él. Las rodillas y la falta de talento me lo vedaron. Quise aprender entonces a ser Juan Tribuna. Y todavía sigo aprendiendo.

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