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La carrera más sucia de la historia

Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro una vez, cuando era pobre”.  LARRY HOLMES (excampeón del mundo de los pesos pesados)

19/01/2019

Manuel Ladrón de Guevara


Una historia de 
Manuel Ladrón de Guevara

 

Sábado 24 de septiembre de 1988, 13.30 horas. El recuerdo más fuerte que tengo de la carrera es el de mis compañeros Marcos López y Luis Malvar, enviados como yo mismo de la COPE a los JJOO de Seúl, de pie, con las manos en la cabeza. Supongo que yo estaba igual, porque en la tribuna de prensa del Estadio Olímpico de Corea del Sur todo el mundo reaccionó de forma parecida. Abajo, en la pista de atletismo, acababa de producirse una de las mayores gestas de la historia del deporte. Ben Johnson había pulverizado el récord del mundo de los 100 metros. “Nadie podrá batirlo en 50 años -dijo- a no ser que lo haga yo mismo”. Además, cuatro de los ocho finalistas corrieron por debajo de los diez segundos. Habíamos sido testigos de la carrera más rápida de la historia.

La segunda imagen que conservo en la memoria se produjo 55 horas más tarde. En la madrugada del martes 27, en el comedor de la Villa de prensa, desayunaba con el inolvidable Pedro González, enviado de TVE. Íbamos a coger un vuelo a Busan, para cubrir las pruebas de vela, cuando en la pantalla gigante allí instalada, el presentador del programa de la BBC leía un teletipo de France- Presse: Ben Johson había dado positivo por esteroides. Habíamos sido testigos de la carrera más sucia de la historia.

Escribió Borges que hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria. Sobre todo cuando el ganador hace trampas. Y la historia ha demostrado que aquella tarde remota de 1988, casi todo el mundo hizo trampas. Seis de los ocho finalistas, incluido Carl Lewis, fueron acusados de doparse a lo largo de su carrera. Carl Lewis ni siquiera debió correr aquella final. Había dado positivo en las series clasificatorias en EEUU, pero su federación tapó el caso.

Johnson batió sobradamente el récord del mundo y corrió en 9.79, una barbaridad para la época. Carl Lewis tuvo que tragarse su orgullo. Días antes había asegurado a la prensa que ganaría y que correría por debajo de 9.80. Johnson había consumido estanozol, un esteroide. Llevaba años haciéndolo, confesó más tarde. Fue desposeído de marca y medalla. Fue suspendido por dos años. Abandonó Seúl como un delincuente. La prensa de Canadá ya no hablaba del “canadiense Ben Johnson” sino del “canadiense de origen jamaicano Ben Johnson”. Un famoso columnista comenzaba así su crónica en el Ottawa Citizen:“Así que muchas gracias, Ben. Bastardo. Gracias por la humillación, la vergüenza y la desgracia internacional”

El viento de la pureza en el deporte no solo se llevó por delante la carrera de Ben Johnson. Tras conocerse su positivo se produjo una misteriosa cadena de lesiones, y algunos de los favorito en aquellos juegos no pisaron el tartán. Paradigmático es el caso de Florence Griffith Joyner. Explotó de forma tardía, ya con 28 años. Y en aquellos juegos ganó el oro en 100 y 200, estableciendo una marca que a día de hoy nadie ha logrado superar. Pasó sin problemas los controles, pero después de los Juegos, con solo 29 años, anunció su retirada. Nunca volvió a correr. Diez años más tarde, con apenas 38, Florence Griffith moría de forma misteriosa. Las sospechas la acompañaron en la muerte como la habían acompañado en la vida.  

Florence Griffith, una vida y una muerte sospechosas

 Ben Johnson intentó recuperar su carrera una vez cumplida la sanción. Pero volvieron a pillarle dos veces más y fue sancionado de por vida. Con los años regresó al Estadio Olímpico de Seúl, el lugar del crimen, ahora como embajador del juego limpio en el deporte (!!!). Y confesó con amargura que probablemente también hubiera ganado sin doparse.

Esa es su mayor condena.

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