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andalucía fue un infierno para el Real Madrid

Butragueño, ¿Qué?

Una historia de Manuel Ladrón de Guevara     

12/01/2019

Escribió Javier Marías en "Salvajes y sentimentales", su estupendo aunque militante libro de crónicas de fútbol, lo que refiero: “Se dice que los madridistas no sabemos perder, y nada más cierto, no estamos acostumbrados a ello”. Pero érase una vez una temporada en la que sus visitas a Andalucía se convirtieron en una pesadilla para Marías y para todos los madridistas. En la temporada 83/84 el Real Madrid nos visitó en cuatro ocasiones: jugó en Málaga, dos veces en Sevilla -contra el Sevilla y el Betis-  y en Cadiz; y se llevó en el zurrón tres derrotas y 16 goles en contra. Esta es la historia de aquella temporada remota en la que el Madrid perdió la liga en Andalucía.

 

El domingo 11 de septiembre de 1983 la prensa española hablaba de la OTAN -Fraga le pedía al PSOE que se aclarara- ; de un nuevo coche bomba de ETA en Pamplona y de la final de Flushing Meadow, que enfrentó a  Ivan Lendl y a Jimmy Connors. Y aquella tarde el CD Málaga le metió seis al Real Madrid en La Rosaleda (CD MÁLAGA 6 – REAL MADRID 2).

Liderado por Antonio Benítez, era el Málaga de Totó, Popo, Martín, Fernando Rodríguez, Fernando Peralta… Al Real Madrid lo entrenaba Alfredo Di Stéfanoque tuvo que esperar a que Don Santiago desapareciera para regresar al Madrid, tan abrupta había sido su salida del club. El gran triunfador de la tarde fue un delantero vasco nacido en Santurtzi que había llegado en 1979 al viejo CD Málaga, Alberto Martín. Marcó tres de los seis goles de su equipo, aunque nunca fue un gran goleador. Esa tarde anotó la mitad de goles que conseguiría en toda la temporada. Memorable fue el primero de su cuenta y segundo del Málaga, tras  una galopada en la que cruzó medio campo.

El Real Madrid regresó a Andalucía el 5 de noviembre. La prensa hablaba aquel domingo del alcalde de Jaén y su negativa a retirar una estatua ecuestre de Franco, y de un sangriento atentado en Belfast en el que morían dos policías. Y esa tarde el Sevilla de Manolo Cardo goleaba al Real Madrid en el Ramón Sánchez Pizjuán (SEVILLA FC 4 – REAL MADRID 1). Tenía aquel Sevilla un equipo inolvidable, con  Paco Buyo, Antonio, Álvarez, Ricardo Serna, Pintinho, Francisco, Enrique Montero… El gran héroe de la tarde fue un argentino llamado Orlando López, que se llevó el balón firmado a casa después de marcarle tres goles a Miguel Ángel. López había llegado al Sevilla en 1980 procedente del Burgos. Tampoco fue un gran goleador, y aquel curso solo anotó dos tantos más.

Los Reyes Magos le trajeron al Real Betis el triunfo más holgado de su historia sobre el Real Madrid. (REAL BETIS 4 – REAL MADRID 1). El 7 de enero de 1984 era sábado. La prensa hurgaba ese día en el desamor creciente entre el PSOE en el gobierno y su sindicato hermano, la UGT; hablaba de los GAL, que habían asesinado al histórico dirigente de ETA Txapela, y de Ruiz Mateos y su enconada pelea con Miguel Boyer. Y aquella noche toda España pudo ver, porque el partido fue televisado, el repaso que le dio el Betis de Pepe Alzate al Real Madrid. La exhibición en el centro del campo de Julio Cardeñosa y Gabriel Humberto Calderón fue memorable. Especialmente la del argentino, que culminó su actuación personal con un golazo, el tercero del Betis.

 

 

La última visita del Real Madrid a nuestra tierra aquella temporada se produjo el 5 de febrero de 1984. Fue también, aunque por los pelos, su única victoria (CÁDIZ 2 – REAL MADRID 3). Aquel domingo los jornaleros andaluces recurrieron a un pleonasmo para protestar: se declararon en huelga de hambre; el gobierno se deshacía en una subasta de los últimos periódicos propiedad del Estado. Y en el viejo Carranza nacía un mito. La Quinta del Buitre, develada al mundo un par de meses antes en un artículo de Julio César Iglesias en el diario El País.

Me extiendo en este partido y les explico por qué. Quien esto escribe era entonces un joven periodista, que acudía de forma irregular pero constante al viejo Carranza. Iba a ver jugar a Mágico González. Escribió Eduardo Galeano que “el fútbol es un largo viaje del placer al deber”. Hay futbolistas que se quedaron en aquel primer estadio primigenio: jugadores como  Mágico, el Trinche Carlovich,  Gianfranco Zigoni, el loco Houseman, o  Matt Le Tissier, por citar algunos… Futbolistas para quienes el fútbol nunca dejó de ser juego y diversión, para nuestro gozo y para su desgracia. Siempre fui muy aficionado a estos personajes insólitos y románticos.

Reportaje emitido en Canal Sur sobre "el Cádiz de Mágico González"

Aquel día descubrimos a un delantero centro con más pinta de estudiante de empresariales que de futbolista, pero que iba a revolucionar la historia del Real Madrid y del fútbol español en la década siguiente. Alfredo Di Stéfano sacó tras el descanso a Emilio Butragueño. El Cádiz, entrenado por Benito Joanet, se había adelantado con goles de Benito y Salva Mejías en la Primera Parte. Pero el Buitre lideró la remontada. Marcó dos goles, el de la victoria en el último minuto.

El Real Madrid perdió la Liga aquella temporada por golaveraje contra el Athletic de Javier Clemente. Sin las tres goleadas encajadas en Andalucía se hubiese llevado el campeonato de calle.

La coda de aquel partido la encontramos años después en una nueva visita del Real Madrid  al viejo Carranza. El compañero periodista de Canal Sur encargado de la cobertura del partido, hombre cultivado  ya jubilado, era poco aficionado al fútbol, por decirlo suavemente. Miraba a éste y a todos los deportes con la desconfianza de los intelectuales de mitad de siglo que tan bien retrató Eduardo Galeano.  Acudió a regañadientes al estadio, y la obligación de obtener alguna declaración para los informativos la solventó metiéndole en las narices a Butragueño la “alcachofa” mientras le espetaba: "BUTRAGUEÑO, ¿QUÉ?". Y  Emilio, extraordinario fútbolista y ciudadano ejemplar, lo miró un poco perplejo y le contestó con esa media sonrisa suya y con la educación de la que siempre hizo gala.

Han pasado casi 35 años. Pero quienes vivimos aquellas historias remotas las sentimos muy cercanas. Quizá porque, como escribió Luis Landero en su libro de memorias “El balcón de invierno”, "el pasado es aquello que nunca acaba de pasar"

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