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UNA HISTORIA DE MANUEL LADRÓN DE GUEVARA

De María Torremadé a Caster Semenya: El deporte femenino, ¿cuestión de testosterona?

 

1 May 2019

Manuel Ladrón de Guevara


Una historia de 
Manuel Ladrón de Guevara

 

 

En 1941 España era Una, Grande y Libre, caminaba por rutas imperiales, y se moría de hambre y de tristeza. El piojo verde, la viruela y la difteria ayudaban a depurar el país de la mugre proletaria; Franco se reunía con Mussolini en Bordighera; Santander, que todavía no era novia del mar, ardía por completo en un incendio apocalíptico; en junio, Hitler invadía la URSS, y en diciembre Japón aniquilaba la flota estadounidense fondeada en Pearl Harbor. Y en aquella famélica España de posguerra, una joven atleta de 18 años lograba marcas jamás soñadas por una mujer en aquel país de cerrado y sacristía, devoto de Frascuelo y de María.

Maria Torremadé inició su tiempo en Barcelona, en el barrio del Guinardó en 1923. Nació hija única y nació niña. O así lo entendieron el médico o la comadrona que la trajeron al mundo, y aquel equívoco le marcaría la vida. María se aficionó pronto a los deportes, practicó con provecho el baloncesto, el hockey sobre hierba y el atletismo. En todos destacó, especialmente en este último. Entre 1940 y 1942 sus marcas fueron espectaculares: en 60 metros hizo 7,710, que era el mejor registro europeo. En esa misma distancia se quedó a cuatro décimas del récord mundial. Fue campeona de España de 100 metros, 200, 800, salto de altura y salto de longitud. Un prodigio. Y todo antes de cumplir los veinte años.

Pero el 13 de febrero de 1942, el diario madrileño “Informaciones” abría con una noticia tan inesperada como sensacional: María Torremadé iba a cambiar de sexo. María sufría el síndrome de Morris, una forma de hermafroditismo que se ha dado en otros casos entre atletas. Son personas de apariencia femenina por sus genitales externos, con labios vaginales subdesarrollados y vagina ciega, es decir sin útero. Pero María era un hombre. Pasó a llamarse Jordi, y en ese momento se acabó su prodigiosa carrera deportiva. Sus marcas fueron anuladas, y las consecuencias para el deporte femenino en nuestro país serían terribles. La Sección Femenina prohibió la práctica del atletismo a las mujeres. En una circular de 1943 el nuevo Estado Nacional Sindicalista decretaba que la mujer española “sólo practicaría los deportes que no perjudicaran su función específica: la maternidad”. El poco femenino y masculinizante atletismo no volvería a ser permitido hasta 1961.

Jordi dejó de ser María, abandonó el atletismo y vivió una vida plena como hombre. Se casó en 1952 con Catalina Pons. Afincado en París, se convirtió en un empresario de éxito.

 

No fue el suyo el último caso de ambigüedad sexual en el deporte, como tampoco había sido el primero. En los JJOO de Berlín en 1936 encontramos a Dora Ratjen, que compitió representando al Reich alemán en salto de altura. Descubierta poco tiempo después, Dora pasó por un sanatorio mental, y con el nombre de Heinrich fue enrolado por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial.

La Federación Internacional de Atletismo Amateur (IAFF) implantó en 1966 los controles de feminidad, a causa de las sospechas cada vez mayores que se cernían sobre las grandes competiciones internacionales. Entre 1972 y 1984 hubo trece casos de atletas eliminadas por el síndrome de Morris.

En España conocimos los casos de la también atleta María José Martínez Patiño y de la jugadora de baloncesto Marisol Paíno. Un control de feminidad rutinario descubrió en 1985 que Patiño, plusmarquista nacional de 100 metros vallas, tenía cromosomas masculinos. La Federación Española de Atletismo no llegó a un acuerdo con ella, y para forzar su abandono lanzó la historia a los medios. La justicia condenó mas tarde a la Federación a indemnizar a la atleta con veinte millones de pesetas, mientras que la IAFF rectificó en 1988 y decidió que María José podía seguir compitiendo. Menos fortuna tuvo Marisol Paíno. En los siete años que jugó en el Celta, que jamás había ganado nada, el club gallego ganó tres ligas y dos copas. Su figura fue objeto de una sucia campaña. La revista Don Balón, que por aquel entonces dirigía José María García, llegó a titular "¿Hombre o mujer?", sobre una foto suya. La Federación la obligó a dejar la selección primero, y para la temporada 1982/83 estableció... ¡controles de sexo!. Marisol se retiró del baloncesto con solo 27 años.

EL CASO SEMENYA

El último caso lo vivimos con la sudafricana Caster Semenya, doble campeona olímpica y triple del mundo de 800 m. Tras ganar su primera medalla de oro en el Mundial celebrado en Berlín en 2009, se produjeron algunas protestas de sus rivales Semenya sufre hiperandrogenia, un exceso de hormonas sexuales masculinas que, en una de sus manifestaciones se caracteriza por una producción más elevada de testosterona. Tras aquella medalla tuvo que someterse a pruebas de femineidad y estuvo once meses sin competir. La IAFF, en una controvertida decisión, ha establecido que Semenya y las atletas que como ella produzcan más testosterona de lo normal deberán medicarse para reducir la producción endógena de testosterona. Hablando en plata: doparse no para mejorar sino para empeorar sus resultados. O sea, lo mismo que la propia IAFF lleva prohibiendo toda la vida, pero al revés. Hasta la ONU ha metido baza en el asunto: el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha emitido una resolución, la primera sobre este tema, en la que establece que la regulación de la IAFF es discriminatoria y refuerza los estereotipos de género. Puro sentido común.

Ahora el TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo) ha tomado su decisión. Una decisión que trasciendo lo deportivo, y se convierte en pura filosofía: ¿Qué o quién es una mujer?. ¿Cuáles son sus límites?. El TAS, como la IAFF, lo tiene claro: Semenya y las mujeres como ella tendrá que medicarse... o competir contra hombres. 

Pero lo peor de toda esta historia ha sido la reacción de algunas de sus "compañeras" atletas:“Para mí es un hombre”, sentenció con crudeza la italiana Elisa Piccione. Paula Radcliffe, leyenda del atletismo británico, se opuso públicamente a que mujeres como Semenya puedan competir. Afirma que "sería ingenuo no pensar que las federeciones busquen activamente a niñas con esta condición para ganar".

Algunas cosas han cambiado desde 1942, pero solo algunas. Como sentenció el emperador prusiano Federico II: “si echamos los prejuicios por la puerta, pronto volverán a entrar por la ventana”.

 

 

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